París en dos días

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París tiene tanto para ver y hacer, que un segundo día es una nueva gran oportunidad que hay que aprovechar al máximo. Museos, tiendas, bistrós, grandes bulevares y pequeñas callejuelas, siempre con el Sena como gran compañero de viaje. Y para ello te ofrecemos dos planes alternativos.

Plan A

Si el primer día nos dedicamos a la orilla derecha del Sena, el segundo es para la Rive Gauche (la orilla izquierda). En ella se encuentra el Museo De Orsay (Rue de Lille-Varenne, 62) ubicado en una antigua estación de ferrocarril con aire palaciego, auténtico templo del impresionismo en cuya colección figuran obras de Renoir, Manet, Pissaro, Gauguin, Cézanne o Van Gogh. Algunos cuadros que no debemos perdernos son Los jugadores de naipes, de Cézanne; El Origen del mundo, de Courbet; La clase de danza, de Degas; Mujeres de Tahití, de Gauguin; El Puente de Argenteuil, de Monet, Los acuchilladores de parqué, de Caillebotte; Las espigadoras, de Millet; Retrato de Marcel Proust, de Jacques-Emile Blanche ...

Y sobre todos ellos sobrevuela un artista cuya fama va más allá de lo pictórico: Vincet Van Gogh. Los amantes de su obra están de suerte si pasan por París: El doctor Paul Gachet, Autorretrato, Noche estrellada o La habitación en Arlés son sólo algunas de las obras del genial pintor holandés que cuelgan en los muros del Museo de Orsay.

El Musée d'Orsay cubre la brecha artística que queda entre el clasicismo del Louvre y el vanguardismo del Pompidou.

La orilla izquierda tiene un encanto especial por sus muelles (los quais), donde los libreros y anticuarios exponen sus preciosidades de segunda mano. Obras raras y ediciones descatalogadas, o postales y carboncillos del París más vetusto.

Saint-Germain-des-Prés es otro de los grandes referentes para intelectuales y artistas, aunque con el tiempo se ha convertido en una zona muy comercial. Si las sillas de sus cafés literarios y artísticos pudieran hablar nos deleitarían con historias sobre sus históricos clientes: el poeta Honoré de Balzac, Marcel Proust, Víctor Hugo, Emilie Zola, Oscar Wilde o el mismísimo Napoleón Bonaparte.

Pasearemos por el histórico Boulevard Saint-Germain-des-Prés pasando por la plaza del mismo nombre hasta llegar al vecino Quartier Latin (el Barrio Latino) por el Boulevard Saint-Michel. Esta es otra de nuestras paradas preferidas: un barrio lleno de parisinos cafés, bistrós y brasseries (establecimientos donde sirven comidas ligeras, como el típico choucroute con salchichas), librerías, cines, clubes de jazz y restaurantes de todas las cocinas del mundo, al que volveremos por la noche para cenar. Una de las visitas imprescindibles debe ser Shakespeare & Co. (Rue Bûcherie, 37) , la famosa librería que tiene una historia propia de una novela.

Ideal para callejear, con un toque muy étnico y estudiantil por la cercanía de la prestigiosa Universidad de la Sorbona (La Sorbonne). Aquí podemos unirnos a la moda de París de comer alguna baguette de queso brie francés o falafel por la calle mientras ponemos rumbo al cementerio de Père-Lachaise.

Aunque algo alejado, este camposanto es una de las visitas más originales (aunque suene algo gore forma parte de la esencia de París). Son 43 hectáreas y unas 70.000 tumbas, la gran mayoría de ellas auténticos monumentos funerarios en el que los visitantes dejan flores y todo tipo de fetiches.

¿Y dónde está la gracia del lugar para que reciba dos millones de visitas anuales? En los mitos y personajes célebres que descansan en él. El cementerio de Père-Lachaise es un auténtico hall of fame del más allá. En la puerta de entrada nos dan un mapa con las principales tumbas marcadas: el original epitafio de Oscar Wilde, lleno de besos de carmín que dejan los visitantes, el del compositor Chopin, siempre colmado de flores, o el de la cantante y actriz Edith Piaf (1915-1963). Las de los escritores Balzac o Marcel Proust, la cantante de ópera Maria Callas, los compositores Chopin o Bizet, la bailarina Isadora Duncan, el dramaturgo francés Molière, o pintores de la talla de Corot o Delacroix. Pero en el cementerio descansa un inquilino cuya fama sobrepasa a la de todos los demás: el del cantante de The Doors, Jim Morrison, convertido en un auténtico mito tras su temprana muerte a los 27 años en 1971 (aún es un misterio si yace o está vivo como dicen de Elvis Presley). Sus seguidores peregrinan desde todos los rincones del mundo para rendirle homenaje, y se han llevado el monumento prácticamente a trozos, por lo que tiene su propio vigilante.

Después de este peculiar paseo volveremos sobre nuestros pasos al Barrio Latino donde callejearemos hasta elegir el restaurante que más nos llame entre las especialidades gastronómicas disponibles de los cinco continentes: griegos, italianos, franceses, y últimamente japoneses, y de comida thai o vietnamita (nuestra elección). Si queremos una segunda opción para concluir la velada, podemos acudir al cercano barrio de Bastilla, para tomar algo en cualquiera de sus numerosos restaurantes y bares de moda. O en sus terrazas, animadas tanto en verano como en invierno gracias a sus estufas hongo, que se multiplican a lo largo de la Rue de la Roquette, la Rue Keller o la Rue de Lappe. Bon Appétit.

Plan B

Siempre hay que tener un Plan B, y sobre todo si viajamos con niños. Nuestro plan alternativo para el segundo día tiene nombre propio: Disneyland París.

Captada la esencia de la capital francesa durante el día anterior, si aún tenemos un segundo día una buena idea es plantarnos en la única casa que el ratón Mickey tiene en Europa. Cinco parques temáticos en los que disfrutar como niños (o con niños), con un total de 60 atracciones a cuál más curiosa o divertida: Main Street, Frontierland, Fantasyland, Adventureland o Discoveryland . Siete hoteles temáticos, el centro de ocio Disney, un campo de golf, 54 tiendas, 68 restaurantes temáticos y los Walt Disney Studios completan la oferta.

Y una larga lista de espectáculos y actuaciones entre las que destaca sobre todas la Cabalgata (la Disney 's once upon a dream parade), que recorre las calles del parque a diario, encabezada por la carroza de Mickey, en la que participan otras siete carrozas con los personajes de los cuentos y las películas más famosos de la historia de los estudios. Un derroche total de fantasía, magia, color y música (las bandas sonoras están grabadas en Londres por la Royal Philarmonic Orchestra); y hasta de aromas, porque está preparada de tal forma que huele a madera cuando pasa Pinocho, a jazmines cuando aparecen princesas y príncipes o a fuego cuando desfilan los villanos.

Si la opción para el segundo día es ésta se recomienda familiarizarse previamente con los parques y las atracciones que más nos puedan interesar, además de los horarios de los espectáculos fijos. Nuestras recomendaciones: la Torre del Terror, el Rock and Roller Coaster, It's a small world, Piratas del Caribe y el pintoresco laberinto de Alicia en el País de las Maravillas. Sin olvidar los fuegos artificiales nocturnos sobre el castillo de la Bella Durmiente en verano (el Disney's Fantillusion) y la caracterización total del parque en octubre para celebrar Halloween.

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Llegados a este punto, nuestra escapada de fin de semana ha finalizado. Si hemos podido cumplir con la mayoría de las visitas que se proponen en la guía, enhorabuena, porque habremos captado la esencia de la capital francesa. Y si no, nos tocará volver. Au revoir, París.

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