París en un día

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Escapada a París

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Desde el primer instante, París impresiona al viajero por su belleza monumental y el halo de magia que la envuelve. Inspiradores jardines y coquetas terrazas en las que ver pasar el tiempo son algunos de los atractivos que vamos a descubrir. Bonjour París.

Por la mañana...

El mejor punto de partida para empezar a conocer París es sin duda la Île de la Cité, una pequeña isla para soñar en medio del Sena, en el mismísimo corazón de la ciudad. Es imposible que tan pocos metros cuadrados puedan albergar más belleza. Llegaremos por Châtelet, la plaza de la columna dorada, cruzando el Pont Neuf (el puente nuevo) que paradójicamente es el más viejo de la capital francesa (1578).

A pocos metros salen a nuestro paso sorprendentes edificios de la talla de La Concergerie (la gran cárcel, antesala de la guillotina en el París de la Revolución Francesa ), el Palacio de la Justicia , claro ejemplo del refinamiento parisino que se deja ver en las vastas rejas doradas de la entrada, y la impresionante Sainte-Chapelle (de 1248), bellísima por fuera y más si cabe por dentro, con 15 enormes vidrieras como si de un gigante caleidoscopio de colores se tratase.

Y, cómo no, el monumento estrella de la zona y uno de los iconos parisinos: la catedral de Notre Dame, la obra maestra del arte gótico por excelencia. Fotos y más fotos a su fachada rectangular y visita obligada a su interior, que sobrecoge por su oscuridad. y por el gran rosetón de 13 metros de diámetro. De aquí subiremos directos a las torres, donde disfrutaremos de las primeras vistas panorámicas de París con las legendarias gárgolas de piedra como principal atracción. Tan famosas son estas gárgolas que se colaron como protagonistas en la película de Disney El jorobado de Notre Dame, que a su vez está basada en el libro Nuestra Señora de París, una de las obras maestras de Víctor Hugo, donde se narra el amor imposible entre Esmeralda y Quasimodo.

Sin esfuerzo alguno, aquí nos haremos con una colección de fotos preciosas para enmarcar.

Si apetece, saltaremos a la vecina Île Sant-Louise, si bien menos afamada, ideal para pasear por su tres calles arboladas que ofrecen una magnífica perspectiva de las espaldas de Notre Dame.

Muy cerca, en la orilla norte está el Hotel de Ville (el Ayuntamiento), al que nos acercaremos camino de nuestro próximo destino: el revolucionario Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, la nota más cosmopolita de la capital francesa. Una especie de gran amasijo ordenado de tuberías, ascensores, cristales y tubos de colores que acoge en su interior el Museo Nacional de Arte Moderno, una concurrida biblioteca y un centro de investigación musical. Destacamos su terraza a la que subiremos para tener otra de las mejores vistas parisinas desde las alturas. También podemos hacer una pequeña parada en su plaza cuadrada siempre llena de vida, con su maceta gigante dorada en el centro, y una pintoresca fuente con esculturas de colores en movimiento.

Tras tanto arte en vena, callejearemos un poco al libre alberdrío por Beaubourg, el barrio donde está el Pompidou, como por el vecino distrito de Le Marais, el más in de la ciudad, salpicado de curiosas tiendas, galerías de arte y terrasses (terrazas donde podemos degustar un café au lait , un café con leche que siempre sabe mejor en París), hasta incorporarnos a la Rue Rívoli , la calle por excelencia de las compras.

Rívoli atraviesa la Plaza de las Pirámides, que sirven de entrada a uno de los museos más famosos del mundo: el Louvre. Y porque decir París es decir Louvre no debemos saltarnos esta visita. Pero ojo, sin olvidar que para cumplir decentemente con sus 350.000 valiosas piezas de arte se necesita mínimo media vida, por lo que recomendamos ir directos a las obras más representativas como la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia; o la Mona Lisa (La Gioconda de Leonardo da Vinci), de la que posiblemente más que su misteriosa sonrisa o su pequeño tamaño nos sorprenderá la cantidad de personas (léase japoneses) que le hacen fotos sin tregua. Un pequeño descanso en los majestuosos Jardines de las Tullerías y a seguir con nuestra escapada.

Desde el Louvre recomendamos tomar la Rue de Castiglione hasta la Plaza Vendôme, el novamás del lujo y el glamour. Su forma octogonal inspiró a la gran diva de la moda Coco Chanel para crear el frasco del perfume Chanel nº 5. Es la plaza de los joyeros de reputación internacional como Cartier, Chaumet o Piguet o los diseñadores de moda más prestigiosos del planeta, con Christian Dior a la cabeza. La plaza donde está el Hotel Ritz, en el que la propia Chanel murió en 1971, y donde el escritor Ernest Hemingway pasaba las horas muertas en el bar que hoy lleva su nombre. O donde cenaron por última vez la princesa Lady Di y el magnate Dodi Al-Fayed antes de morir en accidente de tráfico, en el túnel del Puente del Alma, que conmocionó al mundo la noche del 30 de agosto de 1997.

De Vendôme iremos a la majestuosa Ópera Garnier de París (a menos de 100 metros caminando por la Rue de Paix) para bajar por el templo de estilo griego de la Madeleine hasta la Plaza de la Concordia. Durante nuestro paseo nos llamarán la atención cientos de tiendas, grandes almacenes, cafés, bistrots... algo completamente normal, porque estamos en París. Así que las paradas son opcionales y siempre estarán bien justificadas.

Para ganar tiempo podemos apostar por coger una bicicleta de la red pública Velib sin riesgo alguno, al módico precio de 1 euro al día. París es una de las ciudades del mundo que mejor se lleva con las bicicletas, con 371 kilómetros de carriles para ellas. Presume de tener estaciones cada 300 metros, por lo que no tendremos ningún problema para cogerlas y dejarlas en cualquier punto de la ruta a nuestro antojo y habrá supuesto la manera más original de sentirnos parisinos por un día.

Como suele ocurrir en las grandes urbes, el metro es otro de los atractivos urbanos, por lo que podemos tomarlo sin complejos en cualquier punto del trayecto si nos sentimos cansados. Eso sí, cuidado con los carteristas. Estaciones como la Louvre-Rívoli o Concorde, bien merecen una visita extra. Y sobre todo la de Arts et Métiers, sin duda la más lograda y bella estación del Metro de París. El famoso letrero Metropolitain (referente del Art Noveau) que exhiben algunas estaciones, es una de las fotos preferidas por los turistas.

Y qué mejor manera de recorrer la impresionante avenida de los Campos Elíseos (Champs Elysées) que sobre dos ruedas, emulando a los corredores del mítico Tour de Francia hasta llegar al Arco de Triunfo (Arc de Triomphe). Admiraremos las prestigiosas tiendas de la zona, así como los restaurantes y locales de ocio a lo largo y ancho de sus dos kilómetros (sin dejar de mencionar el Grand Palais y el Petit Palais). Un eje histórico desde el que se dejan ver tres emblemáticos arcos alineados: el mencionado Arco del Triunfo, el Arco del Carrusel y el Grand Arche, que da paso a La Defénse, corazon de las finanzas de París.

Y por fin hemos llegado a uno de los grandes momentos del día, y por qué no decirlo, de nuestra vida: la visita a la Torre Eiffel, una de las pocas visitas obligadas en el currículum de cualquier viajero y el gran símbolo del país.

Lleguemos a ella por donde lleguemos, nos impresionará igual. Si bien alcanzarla desde Trocadero o los bellísimos Jardines del Campo de Marte, permite hacer las mejores instantáneas. Las cifras hablan por sí solas: 320 metros de altura erigidos en 1889 para la Gran Exposición de París, unas 10.000 toneladas de metal sostenidas gracias a 2 millones y medio de remaches, para los que se necesitan 40 toneladas de pintura marrón cada cuatro años. Más visitantes que el Empire State de Nueva York y 1.665 escalones para subir a pie. Pero tranquilos, que existen cuatro ascensores que en breves minutos nos permitirán admirar las panorámicas de 360 grados más impresionantes de la ciudad.

En la segunda planta está el restaurante Jules Verne, considerado por los expertos en experiencias (si es que esto existe) como uno de los mil sitios donde hay que comer antes de morir. En el Jules Verne la comida es deliciosa, pero las vistas más.

Por la tarde...

La primera hora de la tarde la tenemos reservada para cumplir con otra de las citas obligatorias en la capital francesa: el crucero por el Sena en uno de los Bateaux Mouches, los típicos barcos abiertos acristalados que surcan el río parisino. Los hay desde los más simples a los más sofisticados, donde es posible disfrutar de una romántica cena para dos a la luz de las velas con, por ejemplo, la voz de la musa parisina Edith Piaf de fondo y su La vie en rose (el colmo del romanticismo).

Un paseo de lujo cruzando los puentes más bellos del mundo que nos dejará ver lugares y edificios más emblemáticos como el Palacio de Tokyo (donde el arte se reinventa), el complejo arquitectónico Les Invalides, voluntad del rey Luis XIV, o el Museo D'Orsay, la meca del arte impresionista, entre muchos otros. Sencillamente inolvidable.

Si nuestra escapada coincide con el verano, otro atractivo a añadir en la larga lista de visitas imprescindibles es la playa del Sena. Una playa artificial de quita y pon que montan cada año a orillas del río para los parisinos castigados sin vacaciones o los visitantes en caso de ola de calor, a la que no le falta de nada: arena, palmeras, sombrillas, hamacas y hasta pista de voley-playa.

Con el Síndrome de Stendhal abrumados por tanta belleza, nos dirigimos a otro de los lugares con más encanto de París: la colina de Montmartre, conocida como la Butte, coronada por la Basílica del Sacré Coeur (el Sagrado Corazón). Es el barrio de la bohemia y de los artistas. Cuna y refugio de los grandes músicos, pintores, actores, poetas, cantantes, filósofos y escritores del siglo XIX. Picasso y Modigliani, por dar dos nombres, vivieron allí. Ahí es nada.

Callejearemos por sus empinadas callejuelas adoquinadas hasta la Place du Teatre, hoy a rebosar de pintores que hacen caricaturas o cuadros en directo con óleo o acuarela. También pintorescos restaurantes con manteles rojos de cuadros de Vichy y tiendecitas de souvenires donde comprar los típicos carteles antiguos del cabaret Le Chat Noire (El Gato Negro), de las obras de Toulouse- Lautrec o Van Gogh.

De ahí directos al Sacré Coeur para dejarnos impresionar por unas vistas de la ciudad que nos dejarán sin aliento. El plan perfecto: sentarnos en sus escalinatas con una botella de Cabernet Sauvignon comprada espontáneamente en cualquier badulaque (o porqué no, una de champagne francés).

La otra cara de Montmartre es su idilio con el cine en general, y en la actualidad, con Amélie Poulain en particular. Sus calles han servido de escenario para el rodaje de miles de películas, de entre las que se lleva la palma la película de Jean-Pierre Jeunet (2001), que ha cambiado la forma de visitar París. Muchos son los turistas que se acercan a la ciudad con el único propósito de seguir los pasos de la joven (interpretada por Audrey Tatou) y su peculiar historia de amor con Nino Quincampoix. Y nosotros no seremos menos, pues esta ruta nos llevará por alguno de los sitios con más encanto de Paris.

Empezamos el tour homenaje en el carrusel de feria de Square Willete, a los pies del Sacre Coeur, donde la actriz se oculta tras el antifaz del zorro y manda señales a su amado. A continuación, a la Rue des Trois Frères esquina con la Rue Androuet, donde la chica va a comprar a diario un higo y dos nueces a la frutería del cascarrabias del señor Collignon para hacer una de las cosas que más le gustan: hundir la mano en el saco de legumbres. Se trata en realidad de una minúscula tienda de comestibles donde se pueden adquirir hoy postales y pósters del filme, y donde podremos ver algunas fotos del rodaje.

Y de ahí al café donde trabajaba Amelie, el Café de Deux Molins, en el número 15 de la Rue Lepic esquina con la Rue Cachois. Es un lugar frecuentado sobre todo por parisinos, con una agradable terraza en el exterior. Un cuadro de Amélie en un marco ovalado homenajea a la película y también hay una cuerda a modo de tendedero que cruza la barra donde cuelgan las fotos del gnomo del padre de Amelie que Philomene, la azafata de vuelo, le hizo por todo el mundo en sus viajes. La decoración es muy parecida a la del filme, incluido el baño donde tienen lugar una de las escenas más divertidas de la película, aunque no existe en realidad el estanco de Georgette. Ni tampoco suena la banda sonora de Yann Tiersen de fondo. Pero sí se puede comer la creme brulée (crema catalana en la versión española) que le gusta tanto a la protagonista. O beber el cóctel Crazy Amélie.

Una escapada fugaz al vecino barrio rojo de Pigalle (en el Boulevard de Clichy) para ver iluminado el molino de su famosísimo cabaret Moulin Rouge pondrá el broche de oro a nuestro ajetreado día en París. C'est fini.

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