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París ha sido vista durante muchos años como la ciudad del amor y de los románticos paseos en pareja a orillas del Sena, en los que la compañía de un pequeño sólo podía contribuir a romper la apasionada atmósfera que se presuponía al viaje. Nada más lejos de la realidad. París es hoy no sólo una ciudad apta para enamorados, sino también ideal para los más pequeños. Divertida, sorprendente, mágica incluso, sus calles esconden mil y un lugares en los que disfrutar como niños y lamentar que hace ya tantos años aquella cigüeña nos sacara de nuestra verdadera patria.
LA TORRE MÁS FAMOSA DEL MUNDO. La primera visita es obligada. No por mil veces vista, la Torre Eiffel deja de sorprender. A los niños también, que desde que la vislumbran en el horizonte no hacen otra cosa que señalarla con el dedo. La mejor manera de llegar hasta ella es en metro y, en concreto, por la estación de Trocadéro. Al salir al exterior por ella, justo al otro lado del río Sena donde se levanta el símbolo por excelencia de París, la estilizada torre se muestra en toda su magnitud y es imposible no quedarse con la boca abierta. Luego, al cruzar el cauce, un clásico tiovivo da la bienvenida a aquellos pequeños viajeros que aún muestran recelos a una visita aparentemente sólo para mayores. El obligado ascenso hasta su cima les hará cambiar de opinión. Una vez en lo alto, a más de 300 metros de altitud, los pequeños no pueden por menos que recorrer el mirador jugando a adivinar aquellos monumentos que despuntan en el horizonte de la capital francesa. O desafiar al vértigo y mirar hacia abajo para verlo todo, personas, coches y barcos, con el envidiado punto de vista de un gigante.
VIAJE EN GLOBO. Como las alturas siempre son una apuesta segura con los niños, nada como seguir por ellas. No muy lejos de la Torre Eiffel, en el lugar que ocupaba la antigua fábrica de una conocida compañía automovilística, se extiende el parque que lleva el nombre del creador de ésta: André Citröen. En sus trece hectáreas salpicadas de surtidores de agua, invernaderos repletos de plantas exóticas y jardines temáticos, se encuentra un enorme globo cautivo que lleva a sus pasajeros a 150 metros de altitud para mostrar de nuevo París desde lo más alto.
LA CASA DE QUASIMODO. Si tras ello, los pequeños aún quieren desafiar las alturas, siempre queda Notre Dame, el monumento más visitado de París. En las altas torres del templo viven las monstruosas gárgolas que los pequeños identifican rápidamente gracias a una célebre película de dibujos animados que tenía como protagonista al entrañable jorobado que las habitó.
DUENDES, BICIS Y CHOCOLATE. De vuelta a nivel del suelo, hay que empezar a moverse en todas la direcciones. La primera, la que marca el río Sena. A los pies de la Torre Eiffel, todos los sábados y domingos salen a navegar los célebres cruceros Bateaux Parisiens con dos tripulantes de excepción: Lila y Philou, dos pequeños duendes que enseñan a los más pequeños París y su historia con cuentos, juegos y canciones durante la hora que dura el recorrido hasta Île de Saint-Louis. Otra opción son los tours en bicicleta que organiza el salón de té Vélo et Chocolat, un recorrido tan entretenido como nutritivo, ya que antes de empezar a pedalear por las calles de París se ofrece a los jóvenes ciclistas un delicioso chocolate para cargar las pilas.
MONSTRUOS EN EL POMPIDOU. Cuando llega la hora de los museos, París ofrece la posibilidad de combinar los más famosos con otros mucho menos conocidos pensados para niños y no tan niños. El archiconocido Louvre atrapa con su espectacular pirámide de acceso y la presencia en sus paredes de La Gioconda, aunque más de un pequeño se quede un tanto defraudado por el reducido tamaño del célebre cuadro de Leonardo da Vinci. Más impactante es, sin embargo, el Centre Pompidou, sobre todo si de camino a él se pasa por la Fontaine Niki de Saint Phalle. Allí, los pequeños no pueden evitar su sorpresa por los coloreados monstruos articulados desde los que ya se divisan las escaleras mecánicas y tuberías del célebre centro de arte.
APRENDICES DE HARRY POTTER. El Museo de la Magia es mucho menos conocido por los visitantes y seguramente mucho más divertido. En sus salas se ofrece un completo recorrido desde el siglo XVIII hasta nuestros días por ese mundo de naipes trucados, ilusiones ópticas y conejos en la chistera que permite descubrir la trastienda de muchos de los trucos que aún hoy nos maravillan. Como aliciente, justo al lado se encuentra el Museo de los Autómatas, donde los más pequeños podrán dar vida a extraños personajes articulados sólo con apretar un botón.
LEONES Y TIBURONES. No muy lejos del centro se encuentra el Muséum National d’Histoire Naturalle y su espectacular galería de la evolución. Elefantes, jirafas, hipopótamos, leones... Un sinfín de animales se suceden en un desfile que parece cobrar vida pese a que sus protagonistas están disecados. Aunque si lo que se busca son animales vivitos y coleando, el lugar es, sin lugar a dudas, la cercana La Ménagerie, también en el Jardin des Plantes, uno de los zoológicos más antiguos del mundo.
El parque, creado en 1794 y con más de 5,5 hectáreas de extensión, acoge 240 especies diferentes de mamíferos, 500 de pájaros y 130 de reptiles, además de un micro zoológico donde descubrir numerosos seres vivos que escapan al ojo humano. Y si aún hay ganas de más biodiversidad, siempre queda darse un paseo por el gigantesco acuario de tiburones y otras especies marinas de Cinéaqua, un espectacular aquarium situado bajo los jardines de Trocádero.
UN VIAJE AL ESPACIO. Pero si más que un Costeau en potencia, lo que hay en casa es un amante de la aviación, a sólo diez minutos en coche al norte de París, en el aeropuerto de Le Bourget, se encuentra el Musée de l’Air et de l’Espace, donde se puede disfrutar de una de las mayores colecciones de aparatos voladores, con más de 350 ingenios, incluidos cohetes espaciales y el mítico avión Concorde. Todo ello aderezado con el aliciente de poder sentirse piloto por un día a los mandos de un simulador vuelo que hace despegar las fantasías de cualquiera. Más cerca del centro de París se encuentra el Jardin d’Acclimatation, en el Bois de Boulogne, un conjunto de atracciones para todos los públicos que van desde los espejos deformantes a los barcos teledirigidos, sin olvidar el teatro de guiñol.
BRASSERIE PARA NIÑOS. Y, cuando comienzan a flaquear las fuerzas, nada como el Cafézoïde (92 bis, Quai de la Loire), el primer café cultural para niños. Un bar tan peculiar que la cerveza ha dejado su lugar a los zumos de guayaba y regaliz, y un mosaico decorado de mil colores ha arrebatado el protagonismo a la barra. En este peculiar escenario, los niños mandan y pueden participar en un sinfín de variopintos talleres.




