Fuerteventura, una isla en la luna

NOMADEA > ISLAS > ...

Fuerteventura

Fuerteventura no es una isla de amor a primera vista. La visión desde las carreteras que discurren entre la nada de sus vastos campos yermos produce al principio sensaciones extrañas. No todo el mundo aprecia por igual la aspereza del desierto, pero lo cierto es que las impresiones van tornándose mucho más agradables a medida que se recorre y, sobre todo, cada vez que se vuelve a divisar el mar, algo que sucede constantemente. Aun siendo la más alargada de las Islas Canarias, su extensión máxima de norte a sur es de 150 kilómetros de largo por 21 de ancho.

Su proximidad al continente africano condiciona sin remedio su geografía hasta el punto de que las dunas de sus infinitas playas se ven modificadas a diario hasta borrar a menudo carreteras y caminos. Aquí se está a merced de los caprichos del viento y la calima, que traen los finos granos de arena que a veces de tan blanca parece nieve. Es el caso de la zona de Corralejo, donde a nada que se remueva se encuentran cientos de capullos de abejorro fosilizados que revelan que hace millones de años esta isla fue muy verde.

RESERVA NATURAL. Nada de ese lejano pasado de exuberancia se avista ahora desde la orilla a la isla de Lobos, como tampoco queda rastro de las colonias de focas que habitaron este islote hace años, aunque ahora hay planes para repoblarlas. Tan sólo se ve algunas casitas de pescadores y la silueta del recién inagurado centro de interpretación, al que se llega en una excursión a bordo de un barco especialmente acondicionado para admirar el fondo marino durante la breve travesía.

Catalogada como Reserva de la Biosfera, y mientras más de la mitad de su territorio está pendiente de ser declarado como Parque Nacional, es innegable que el turismo es una pieza fundamental para su economía. Claro que han brotado hoteles y urbanizaciones de apartamentos jalonando su costa este, pero en la oeste, repleta de larguísimas playas vírgenes y sobrecogedores precipicios, tan sólo hay tres núcleos de población prácticamente aislados, con más de 30 kilómetros de separación entre sí. La culpa la tiene el viento.

Cotillo, el más septentrional, es uno de ellos. Tiene sugerentes lagos a un lado y acantilados al otro, separados entre sí por el faro del Tostón. Hay aquí un museo de pesca tradicional y una singular muestra de arte colectivo espontáneo, ya que los turistas se dedican a formar composiciones amontonando piedras. Una costumbre que las autoridades trataron de evitar para no alterar el ecosistema, pero sin lograr el menor éxito.

PAPAS ARRUGÁS Y NAZIS. Descendiendo hacia el sur se encuentra Betancuria, el pueblo que nadie en Fuerteventura debería perderse. Un lugar diminuto que concentra un encanto especial con sus casa de fachadas blancas iluminadas por frondosas buganvillas. Por algo tiene fama de ser la localidad más pintoresca de la isla. BetancuriaHay aquí varios restaurantes en los que degustar los platos más típicos de la isla con el consabido gofio, el mojo picón y las papas arrugás a modo de entrante, sin olvidar el cabrito al ajillo o la morena frita como opciones para el plato principal. Si no, también se puede buscar mesa en los locales menos turísticos de Ajuy, relajarse durante un rato en la preciosa Playa de los Muertos y entrar a continuación a explorar las cuevas que se descuelgan sobre la Caleta Negra, de las que se dicen que son el lugar más antiguo de la isla.

La siguiente parada puede ser Pájara, donde se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de Regla, que muestra en su arquitectura trazas de inspiración precolombina. Para ir a la península de Jandía, al sur, hay que atravesar primero el Istmo de la Pared, que en tiempos de los guanches dividía la isla en dos reinos. Jandía es famosa porque sus playas reúnen todas las condiciones para ser el destino preferido de los amantes del surf, el windsurf y el kitesurf. La playa de Sotavento pasa por ser una de las playas más bellas de Fuerteventura. Y casi en el extremo meridional, la playa de Cofete es el punto ideal para ver una puesta de sol de las que quitan el hipo. Además hay una leyenda urbana según la cual esta playa albergó durante la Segunda Guerra Mundial una base secreta de submarinos nazis. Se habla de túneles secretos y de Villa Winter, un viejo caserón situado en plena playa, que habría servido como centro de inteligencia. Ahí queda eso.

TINDAYA, LA MONTAÑA MÁGICA. En la cima de la montaña de Tindaya, considerada por los guanches (anitiguos pobladores de las Canarias) como un lugar sagrado, se han encontrado restos de utensilios utilizados para ceremonias religiosas. De aquí se han extraído toneladas de piedra traquita, una variedad difícil de encontrar en otros lugares, que se ha empleado para revestir la fachada del Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas.

Tindaya, además, iba a ser el escenario de la intervención con la que el escultor Eduardo Chillida quería culminar su carrera. El polémico proyecto comprendía la construcción de un gigantesco cubo de 50 metros de arista en el corazón de la montaña.

LA ISLA DEL ALOE VERA. Por suerte, el turismo no ha invadido la totalidad de la isla, así que muchos de sus habitantes siguen inmersos en la apacible vida rural, marcada por el cuidado de las cabras, indispensables para elaborar el queso majorero. También se dedican al cultivo de cereales, legumbres y, sobre todo, aloe vera, la prodigiosa planta que apena necesita agua para su cultivo. De ella se obtiene una larga lista de productos beneficiosos para la salud, que podremos comprar en multitud de tiendas a lo largo y ancho de la isla. Si te acercas a Vallebrón, en el interior y cerca de La Oliva, encontrarás un buen ejemplo de aldea por la que no ha pasado el tiempo y en la que todo sigue funcionando como antiguamente.

COMER EN FUERTEVENTURA. Si estamos de escapada por la isla no podemos dejar de acudir a Casa Pepín (Puerto Azul, 4), en la localidad de Ajuy. Muy conocido entre los locales, se trata de un restaurante familiar sin pretensiones en la que se sirven parrilladas de marisco y pescado a precios más que razonables. Las papas arrugás con mojo de la casa también son espectaculares.

Otro lugar para degustar la gastronomía local es Casa Santa María (Plaza de la Concepción, 1), en Betancuria. Junto a la Iglesia de Santa María, en un antiguo caserío del siglo XVI restaurado, se ubica este restaurante en el que se puede comer bajo el artesonado de madera de sus techos. El plato estrella es el cabrito al horno con salsa de romero.

¿BUSCAS HOTEL BARATO EN FUERTEVENTURA? MIRA AQUÍ
NOMADEA | Ideas para escapadas y viajes de fin de semana desde 2008