Girona en un fin de semana

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Escapada a Girona

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Nuestro segundo día en Girona lo dedicaremos a la provincia, caracterizada por su sorprendente diversidad que integra parques naturales como el de los volcanes de la Garotxa, el del Montseny o el de Aiguamolls del Empordà, pueblos medievales como Pals, Peratallada o Púbol, de extraordinaria belleza, y cómo no, la Costa Brava, castigada eternamente por el viento de la tramontana.

Y para ello seguiremos los pasos de Salvador Dalí, uno de los grandes genios locales (y universales) que paseó su surrealismo por estas tierras, con tres vértices que forman lo que se conoce como el triángulo daliniano: el diminuto Púbol, la villa marinera de Cadaqués y la elegante Figueras.

Figueres es la ciudad que vió crecer a Dalí y donde volvió una y otra vez hasta su muerte. En Púbol hizo realidad su promesa de comprar un castillo a su musa, mientras que Portlligat, en la villa marinera de Cadaqués, fue su hogar surrealista su taller, ubicado en una antigua barraca de pescadores, y por donde desfilaron personajes como Federico García Lorca, Albert Einstein o Walt Disney. Con el tiempo, al genio le gustaba pasar los inviernos en Nueva York, las primaveras en París y el verano, sin excusas, en su 'país' del Empordá.

Por la mañana...

En no más de 20 kilómetros en dirección al Cabo de Begur por la C-66, en la región conocida como el Baix Empordá (Bajo Ampurdán), se concentra la ruta de los pueblos medievales de color caramelo: el Púbol de Gala (la esposa del genio), Peratallada, Palau-sator y Pals. El paisaje es bucólico: campiñas salpicadas de masías con encanto, la forma típica de vivienda rural catalana, reinventada hoy como exquisitos hoteles boutique para el turismo rural y sostenible.

Púbol no es más que una decena de casas alrededor del castillo que Dalí le regaló a Gala en 1970, una de las visitas obligadas en esta ruta. Fue el retiro perfecto para la diva en su edad madura, al que el pintor sólo podía acceder con su consentimiento (lo que sucedía tan sólo muy de vez en cuando).

La decoración no puede ser más daliniana: animales disecados y los trompe-l'oeil (trampantojos, que engañan al ojo), un cielo pintado en la pared y motivos varios para tapar los radiadores que le molestaban. También destaca el trono intransferible que se hizo Dalí para recibir la visita de los periodistas en 1984 después de ser nombrado Marqués de Púbol por el rey Juan Carlos, una silla con brazos dorados, leones custodios y una puesta de sol en la campiña del pueblo pintada en el respaldo.

En la planta de arriba, un antiguo almacén, está hoy el armario postmortem de Gala. Hay una veintena de vestidos con firmas de Chanel, Dior, Pierre Cardin o Elizabeth Arden que lució la rusa en vida. Y entre ellos, tres diseños que le confeccionó el propio Dalí. En el sótano está el mausoleo de la dama desde 1982 junto al Cadillac en el que Dalí trasladó sus restos mortales.

Como un escenario de Alicia en el País de las Maravillas, el jardín esconde una piscina con un templo helénico con cabezas de Wagner, un rape gigante con dientes y una manada de esculturas de elefantes de largas patas como en su obra La tentación de San Antonio.

A la salida de Púbol por la C-256 volvemos de nuevo al rosario de pueblecitos medievales, entre los que le damos mención especial a Peratallada: un cruce de callejuelas empedradas donde casi todas las puertas lucen la chapa de lugar recomendado por la Guía Routard, restaurantes con encanto en su gran mayoría.

En el interior de la región, por la C-3,1 pondremos rumbo a Figueras, la ciudad que vio nacer y despuntar al genio, y también morir. Donde él mismo se encargó de crear su Museo sobre las ruinas del antiguo teatro en 1974: su locura más ambiciosa y nuestra siguiente visita obligada.

Se trata de un castillo oval de paredes rosas lleno de huevos gigantes como almenas, y panes por todos lados. El famoso Cadillac lluvioso en el patio circular nos da la bienvenida, rodeado de las estatuillas oscarianas que se asoman por las ventanas al patio circular entre la yedra. El pan y los huevos era de lo que más se alimentaba Dalí de pequeño aquí y en Cadaqués y por su fetichismo los dotó de un poder sobrenatural y los incluyó en casi todas sus obras: pinturas, esculturas, cine y demás delirios.

A pesar de que su obra está repartida generosamente por el mundo, Figueras se lleva la mayor parte: obras futuristas, anamorfismos, estereoscopias, muchas tetas y monstruos abominables. Y también la tumba de Dalí bajo la cúpula, sin olvidar el sofá kitsch con forma de labios en la sala de Mae West.

De vuelta a la provincia, el paisaje en el extrarradio de Figueras no tiene límites en el horizonte. Recomendamos acercarse a alguno de los miradores naturales más impresionantes de la provincia: la ermita de la Mare de Deu del Mont, el castillo de Montgrí o el monasterio de Sant Pere de Rodes. Este último, el gran símbolo del Románico catalán del siglo IX, encallado en una montaña desierta con una panorámica de 360 grados al mar que sorprende tras una curva.

Por la tarde...

Cadaqués, el tercer vértice del triángulo daliniano, está a media hora por una carretera que puede llamarse camino. En breve la vegetación se extingue. Sólo las aulagas permanecen y vamos alcanzando la Costa Brava , donde poco a poco aparecen las rocas erosionadas con violencia por la tramontana y la sal que inspiraron a Dalí, y las hormigas, saltamontes y golondrinas que recorren sus lienzos más siniestros. También los erizos, su obsesión personal desde que su padre le regaló uno para felicitarlo por su primera obra artística. "Difícilmente hay en el mundo otro litoral tan encantador, con esta grandiosidad mineral y geológica", decía.

Si Púbol es el retiro y Figueras la muestra, Portlligat (en Cadaqués) es la esencia, el hogar. Una casa blanca encalada entre olivos frente al mar, a la que Gala llegó en 1929 procedente de París con su marido Paul Éluard y su hija Cecile para pasar un verano y nunca más se marchó. Una hilera de barracas de pescadores que con los años la pareja anexa "como el crecimiento de una célula" (como Dalí decía) al habitáculo de 22 metros donde vivían al principio. Es una cala cerrada con montículos suaves que entran y salen del mar, con pescadores faenando en sus orillas.

Esta visita es particular y hay que reservar antes. Se entra en pequeños grupos, el tiempo de estancia está limitado a media hora y nos advertirán a la llegada que no nos acerquemos a los muebles porque están protegidos con una alarma láser. En la misma entrada ya sorprende el oso gigante disecado regalo de Edward James (millonario, poeta y escultor surrealista) que simboliza la fuerza y hace las veces de paragüero con los bastones del artista.

Destacamos el taller, un lugar austero con ventanales a ambos lados que dan a la bahía, con unas vistas capaces de inspirar a un ciego. Allí se encuentran los dos últimos cuadros que dejó sin terminar y todos los botes de pintura intactos.

Cada habitación tiene un vigilante. El dormitorio, a distintos niveles, impacta con sedas nobles color fresa que contrastan con las alfombras de esparto. Cada detalle tiene un trasfondo simbólico que sólo ellos entienden. Dalí se hizo un espejo en la parte inferior para reflectar los primeros rayos de sol hasta su cama. Y eso que los ventanales no pueden ser más grandes. Caprichos surrealistas.

No dejaremos pasar el armario del vestidor, a rebosar de las fotos que el matrimonio pegaba posando con toda la jetset mundial. Ni por supuesto la terraza con la estatua de Michelín y una fuente alargada que entra en un harén de cojines de techo ovalado en un acto obsceno. Ruedas Pirelli, más huevos gigantes, un sillón rosa chicle con forma de labios, el Cristo de los Escombros y hasta una cabina de teléfono.

La salida a la carretera nos coloca en el camino hacia el Cabo de Creus (Cap de Creus), el catálogo vivo de los cuadros dalianianos. Hay un experto en su obra, Sebastià Roig, que ha identificado muchos de los sitios donde se localizan las formas que aparecen en numerosos cuadros como La nariz de Napoleón transformada en mujer en cinta paseando su sombra melancólica entre las ruinas originales, el Gran masturbador en la cala Cullaró o El espectro del sex-appeal.

El faro del Creus se considera el lugar más oriental de la península. El punto más al este que primero ve la luz y donde antes se oculta el sol. Aquí la sensación de llegar al fin del mundo (propia de muchos faros) es total. Hay un restaurante solitario, con no más tres camareros (como sacados de una película de Isabel Coixet) con cortes de pelo vintage y que hablan español con un descarado acento francés. Tomaremos un ligero aperitivo para cerrar la escapada con una visita nocturna al vecino Cadaqués, pueblo pesquero, donde nos daremos un último homenaje con la maravillosa gastronomía local. Un cierre de lujo para nuestra escapada por Girona.

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