Girona en un día

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Escapada a Girona

GIRONA EN DOS DÍAS | COMER EN GIRONA | GIRONA EXPRESS

Girona capital tiene todo lo que a una ciudad grande se le puede pedir y lo que un pueblo con encanto puede ofrecer. Ideal para un viaje express, en el que podremos hacer de todo: disfrutar de su parte más monumental, descubrir su rica gastronomía de fama universal y sumergirnos en la historia de los judíos, el cine o el Románico catalán, sin olvidar sus mercados y su agenda cultural.

Por la mañana...

Girona está dividida en dos por el río Onyar (afluente del río Ter), que deja el barrio viejo a la derecha (el Barri Vell como es conocido el centro histórico), y a la izquierda, el del Mercadal. Para cruzarlo existen en la actualidad un rosario de 11 puentes (los medievales desaparecieron todos) de entre los que destacan cuatro: el Pont de Pedra o de Isabel II (de 1849), el Pont de les Peixateries Velles o Puente Eiffel, el Pont de Gómez (que lleva el nombre de la persona a la que se le expropió su casa para su construcción en 1916) y el del Viaducto del Ferrocarril, el símbolo de la modernidad gerundense.

El primero de ellos, el Puente de Piedra, el más antiguo de la ciudad, nos servirá de punto de partida para nuestra ruta. Desde la Plaza Cataluña nos asomamos por primera vez a la belleza de Girona a través de este macizo puente de color gris. Tomaremos la Rambla de la Libertad, un paseo peatonal agradable con hileras de árboles a ambos lados que discurre paralelo a las aguas verdes del Onyar, con elegantes casonas modernistas de balcones grandes que en sus bajos albergan restaurantes y cafeterías con terraza que invitan a la pereza. Con la peculiaridad de que su acera derecha está debajo de una especie de arcada con vigas de inspiración catalana, un pasadizo de soportales que le da un encanto especial al lugar.

Antes de llegar a la calle Besadó, a la izquierda, se accede al segundo puente más importante: el Pont de les Peixateries Velles, conocido también como el Puente Eiffel, porque resulta que es obra del mismísimo Gustave Eiffel, el constructor de la Torre Eiffel de París. Y eso se nota. De color rojo inglés, este puente es una celosía de hierro macizo con las mismas tachuelas que sostienen la torre parisina. Es un balcón a una de las imágenes más idílicas de la ciudad: las casas colgantes que se asoman al Oñar apuntaladas con maderas en sus bajos, y amontonadas entre sí hasta el final de la perspectiva al más puro estilo florentino, que contrastan con el gris claro de la impotente Catedral y la iglesia de San Félix de fondo. Sus fachadas cubren toda la paleta de los colores tierra y ocres, con pintorescas balconadas asimétricas.

Una vez hechas las fotos de rigor, volveremos sobre nuestros pasos para recorrer las callejuelas paralelas a la Rambla, concentradas en una especie de triángulo cuyos vértices son tres plazas que por sus nombres ya anuncian la importancia de la gastronomía en la ciudad: la Plaza del Vi (vino), del Oli (del aceite) y la de las Castanyes (las castañas).

Las calles de piedra pulida Ferrerias Velles, Mercaders, Abeuradors y Ciudadans son ideales para perderse entre soportales y encantadoras tiendas de fachadas nostálgicas como el Brocart o la mercería La Moda. O el Colmado Moriscot (Ciutadans, 4), una vieja alacena delicatessen donde se pueden adquirir las materias primas más peculiares, como por ejemplo, una botella vintage de Rioja Bodegas Palacios cosecha de 1935, lo que sigue confirmando la espectacular importancia de la gastronomía en Girona.

Continuaremos por Carreras Peralta hasta la calle de la Força, la entrada al Call Jueu, el impresionante barrio judío de la ciudad, uno de los más grandes y mejor conservados de Europa. Se trata de un laberinto de callejas y casas de piedra tosca del color de la miel, con escalinatas eternas y arcos de media punta que albergaron a los judíos hasta el 1492. Testimonio de ello es desde el año 2000 el Museo de Historia de los Judíos ubicado en el Centre Bonastruc ça Porta, la antigua sinagoga de la ciudad. Es un paseo histórico por la cultura y la intimidad de esta comunidad que supuso un importante capítulo de más de 500 años en la historia de Girona.

El barrio esconde bellísimos rincones para recorrer, con subidas y bajadas como la sin par Pujada de Sant Domènec, en la que se encuentra el café Le Bistrot (ambiente parisino y cocina catalana), especializado en cocina catalana y famoso por sus arroces, que fue inmortalizado en la película Soldados de Salamina, la obra de Javier Cercas llevada a la gran pantalla por David Trueba con el mismo título en 2003.

Caminaremos con calma por este rompepiernas hasta la gran Catedral de color gris perla, que es el punto más alto de la ciudad. A ella se puede acceder desde arriba por la Pujada a la Catedral o desde la Plaza de la Catedral donde nos tocará subir sus 90 peldaños. Es un catálogo de diferentes estilos por su dilatada construcción que se extendió desde el siglo XI al XVIII. Consagrada a Santa María, hace gala de la nave gótica más ancha del mundo con 23 metros y aún conserva elementos del primer edificio románico como el claustro de la torre de Carlomagno.

Haremos una parada obligatoria en sus escalinatas para recrearnos en la impresionante belleza del lugar, intensificada gracias a las sobrias casonas de inspiración italiana que rodean el entorno, con balcones a rebosar de geranios. A la izquierda está el edificio de la Pia Almoina, actualmente sede del Colegio de Arquitectos, que tenía funciones de beneficencia en la Edad Media. Y a los pies de la Catedral, la Casa Pastor, actual Palacio de Justicia.

Giramos a la derecha para atravesar el Portal de la Bona Mort, que vio salir a los condenados a muerte de la ciudad durante siglos. De aquí nos acercaremos un momento a la calle Calderers a cumplir con un trámite obligatorio: besar el culo de la leona (el cul de la lleona, en catalán). Hablamos de una escultura gótica del siglo XII que representa a una leona encaramada en una columna de origen incierto, y que se ha convertido en todo un ritual para demostrar el amor por la ciudad y volver a ella. O para no irse nunca, en el caso de quien se quiera quedar, o también para tener buena suerte en los viajes. Curiosamente el Ayuntamiento instaló escalones de hierro que fueron retirados en el año 2009 para evitar el contagio de la gripe A. Como dice el pareado: "No ama Girona quien no ha besado el culo de la leona".

Volvemos sobre nuestros pasos hasta la Iglesia de Sant Feliu que alberga la capilla de Sant Narcís, patrón de Girona, conocido como el Santo de las moscas. Cuenta la leyenda que de su sepulcro surgieron tantos insectos que expulsaron a las tropas francesas en el 1285. Al lado, por la calle Ferran el Catòlic está la Torre Cornelia, que une la muralla con la Catedral y los Baños Árabes, una construcción que realmente poco tiene de morisca sino que es más bien fruto del Románico del siglo XII. En este entorno empedrado de belleza espectacular es imposible no tener la sensación de haber retrocedido siglos en el tiempo.

En breve llegamos a la Plaza dels Jurats que se asoma al río Galligants, habitualmente seco. Justo al lado está el conjunto arquitectónico formado por el Monasterio de Sant Pere de Galligants, en el que se ubica actualmente el Museo Arqueológico, y las capillas de Sant Nicolau y Santa Lucía, de las que impresionan su rotunda sobriedad medieval rodeada de parques y jardines, como los de John Lennon.

Y en este punto comienza uno de los paseos más mágicos de nuestra escapada: el llamado Passeig Arqueologic que permite recorrer la muralla carolingia (siglo IX) que fortifica el centro histórico por el este. Un mirador privilegiado a la ciudad, con rincones entre el misterio y la magia, jardines secretos y torres para escalar. Un paseo que puede durar tanto como queramos, con paradas a gusto de cada cual, y que podremos abandonar en cualquier punto para enredarnos de nuevo en el entramado de callejuelas del Call judío o el Barri Vell.

Otra buena idea es preguntar cuál es el mercado de la ciudad, que puede visitarse el día de nuestro viaje. Girona cuenta con gran tradición de mercados y ferias, especialmente los fines de semana. Entre ellos, el mercado del Ribes del Ter en el parque de la Devesa, con más de doscientas paradas donde comprar productos típicos como la butifarra catalana o verduras de la huerta gerundense, o el mercado municipal de Lladó. También otros muy interesantes como el mercado de la Leona en la Plaza de San Feliu (coleccionismo y antigüedades); o los de intercambio, arte o libros en el Puente de Piedra, la Plaza Cataluña o la Plaza de la Independencia.

Por la tarde...

Después de reponer fuerzas en uno de los magníficos restaurantes de la ciudad, es obligatorio recorrer la calle Ballesteries, donde nos seducirá el olor a gofre proveniente de los comercios de helados y crepes artesanales que tienen tomada la zona, tentación a la que debemos sucumbir. Como la Crêperie Bretonne Annaík (Cort Reial, 14), muy peculiar tanto por su decoración en la que se incluye una furgoneta clásica de tamaño real, como por su deliciosa carta de crepes dulces y salados de inspiración bretona.

Un gofre de chocolate con nata, un crepe de nutella y plátano o un helado de crema catalana y a pasar revista a las singulares tiendas del lugar, llenas de mercancías en las que prima la originalidad: jabones artesanales (que parecen tartas) en Enjabonarte en el número 12; guías y libros de literatura de viajes en la librería especializada Ulysses en el número 19. Y una retahíla de cosas fantásticas en la juguetería con encanto La Carpa (número 32), o los condones fluorescentes de La Condonería, en el 34. Comercios que sin duda nos tendrán entretenidos un buen rato, si además añadimos los de la calle Cort Reial o la gran colección de antigüedades de la India, Tailandia, Vietnam o Siria de la tienda de muebles Samarkanda, en la Plaza Oli.

Ahora, para reponer fuerzas proponemos una parada en La Terra (Ballesteries, 23), un local alternativo alojado en una de las casas colgantes que dan al río, con suelos modernistas y paredes de color azul Chaouen, donde no hay dos sillas iguales. A través de sus ventanales disfrutaremos de unas vistas únicas mientras saboreamos uno de sus tés del mundo o un batido natural de frutas.

De aquí podemos cruzar el río por el Puente de Sant Agustí hasta la Plaza de la Independencia, un rincón muy frecuentado por los locales, con edificios neoclásicos y aire ochocentista donde se agolpan restaurantes y cafeterías con sus correspondientes terrazas.

Después podemos acercarnos hasta el Museo del Cine, que nos espera al final de la calle Santa Clara. Este museo interactivo cuenta hoy, gracias a la colección del gran apasionado del celuloide Tomás Mallol, con unos fondos únicos de más de 20.000 unidades: objetos, aparatos y accesorios del cine de los primeros tiempos (incluso del precine), 800 películas de todo tipo y una biblioteca temática muy interesante.

Para la noche, el plan no puede ser otro: deleitarnos con la rica gastronomía local que tanto reconocimiento ha recibido a nivel mundial. Cocina de mercado con materias de calidad, que ligan a la perfección lo mejor del mar, la montaña y la huerta en el mismo plato. Mediterránea con toques creativos, catalana tradicional (la cuina casolana, la cocina casera) o de nueva generación, reinventada con resultados brillantes. O cocina de Peix i arròs amb bolets (pescado y arroz con setas) y frutos del bosque. En resumidas cuentas, cocina de autor donde la experimentación y la creatividad son las protagonistas. No hay ni que decir que los amantes del vino están de enhorabuena, pues los vinos del Ampurdán son magníficos y en Girona los encontramos en todos los restaurantes.

También tienen representación los fogones de otras regiones o países, cercanos o lejanos: cocina vasca, gallega, italiana, brasileña o india que a veces se mezcla con la local con más que curiosos resultados. Y el postre ideal, un paseo nocturno por las callejuelas del Barri Vell. O por qué no, otra opción muy recomendable es consultar la agenda cultural, porque conciertos y espectáculos (que en muchas ocasiones se celebran en la calle) son otra de las grandes bazas de la ciudad.

Si además nuestra visita coincide con el mes de mayo tendremos la suerte de vivir una de las celebraciones más bellas del país: el Temps de Flors, una fiesta pagana que comenzó con la tímida decoración de algunos lugares y que se ha convertido hoy en una competición sin límite donde se engalanan monumentos, fachadas, casas, patios y cualquier rincón que se preste, con las creaciones florales más originales.

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