Besalú, espíritu medieval

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Besalú

Al llegar a Besalú sentimos que hemos retrocedido varios siglos de golpe, como engullidos por una máquina del tiempo que nos lleva directamente a la época medieval, aunque sólo estemos media hora de Girona capital y a la misma distancia de la Costa Brava. Sus calles y casonas son de piedra tosca del color de la miel, ideales para una escapada romántica. Encanto al que hay que sumar la belleza natural de su entorno: el Parque Natural de la Garrotxa, famoso por sus volcanes y sus bosques de cuento.

QUÉ VER EN BESALÚ. Hablamos de uno de los mejores conjuntos histórico-artísticos medievales de Europa, del que nos sorprenderá su robusto puente románico de siete arcadas sobre el río Fluviá, que por la noche, iluminado de forma tenue, es una reserva de belleza ilimitada. También nos apuntaremos para ver la antigua iglesia del monasterio de Sant Pere del siglo XII y la de Sant Vicenç, la fachada de la antigua iglesia hospital de Sant Julia; y la casa de Cornella y la sala gótica de la Curia Real.

Y como buena villa del Románico catalán, Besalú tiene también su misteriosa judería, un precioso laberinto de calles donde no vamos a perdernos el llamado Miqvé, una casa judía de baños rituales única en su género. La Oficina de Turismo organiza visitas guiadas de día (y nocturnas en verano) a los mencionados sitios, donde nos contarán más de ese pasado condal a través de sus personajes, leyendas e historias noveladas.

Otra de las originales opciones para disfrutar de este encantador lugar es alquilar una bici. O por qué no, para sorprender a nuestro acompañante, una visita sorpresa en globo (que también las hay), en la que de paso disfrutaremos de unas privilegiadas vistas del parque natural desde arriba.

Lo mejor sería hacer coincidir la escapada con la cita más especial del calendario festivo: el Besalú Medieval, el primer fin de semana de septiembre, donde absolutamente todo en la villa vuelve a la Edad Media. Los lugareños se disfrazan y las calles se llenan de mercados medievales con artesanos que venden chacinas, hierbas, miel, quesos o jabones naturales; juglares, personajes de la Corte, músicos y trovadores que imitan por unos días la vida del Medievo. Hasta batallas entre caballeros.

No nos iremos sin probar la ratafia, el licor casero de la comarca hecho de aguardiente y nueces verdes, hierbas aromáticas y especias en algunos casos. Y cómo bien se merece, tiene su feria el primer fin de semana de diciembre, con un mercado artesanal en el Prat de San Pere, con actuaciones musicales.

Y como visita de lo más peculiar: el Museo de Miniaturas, con cinco salas y unas 2.000 piezas entre las que podremos ver una caravana de camellos en el ojo de una aguja, un juego de collar y pendientes sobre una pepita de manzana, a Pinocho y Gepetto en una cáscara de pistacho. O la torre Eiffel sobre una semilla de amapola.   Se trata del arte de las microminiaturas, que confirma que nada es imposible, con el que se puede llegar a reducir el tamaño real de los objetos unas 100.000 veces. Para construir estas preciosidades, hay que templar la paciencia hasta límites insospechados. Algunos de los artistas hacen submarinismo o practican la meditación para controlar la respiración. Y sus herramientas de trabajo no son menos llamativas: algunos recurren a una pestaña pegada en un palillo a modo de pincel. O diminutos bisturís para intervenciones ópticas, entre otros inventos.

Los amantes de las cosas pintorescas, tampoco pueden perderse en las callejuelas que van al puente tres sillas de hierro forjado colgadas en la pared con vistas al cielo. Y otra cuarta, de patas de más de tres metros, sobre suelo firme, donde tomar la foto más divertida.

COMER EN BESALÚ. Besalú también es la villa del buen comer (como en toda Girona sentarse a la mesa es más que un placer), popular por sus carnes a la brasa o guisadas. Apuntamos los restaurantes Pont Vell, en el mismo puente, y Oliveras (Pau Claris, 13), de cocina volcánica con un menú degustación para probar lo mejor de la tierra. Y otro grande: el Curia Real (La Llibertat), de cuina volcánica, de mercado y tradicional, muy romántico en su decoración, con vistas al puente donde saborear un buen guiso de cordero judío.

DORMIR EN BESALÚ. Para dormir, la zona está minada de románticos hoteles y masías rurales con encanto. Excelentes y a tiro de piedra, dos: Sant Ferriol Hotel Spa (Jardín de Sant Ferriol, s/n, en la localidad del mismo nombre) y La Sala de Camos (Rectoria Sant Vicenc de Camos). Y un poquito más alejado, pero muy recomendable: el Raco de Madremanya (Carrer Processo, 1, en Madremanya), el novamás de la tranquilidad.

ESTE LUGAR PERTENECE A NUESTRA SELECCIÓN DE ESCAPADAS ROMÁNTICAS
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