El Ampurdán, un perfecto mar y montaña

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Ampurdán

El Ampurdán, atravesado de lado a lado por el macizo de Montgrí, es como un gran jardín elevado que al llegar al mar se precipita de forma abrupta. Imposible discernir cuál es su mayor encanto, si lo que se ve o lo que pertenece oculto,  si el mar azul que refleja calas de ensueño o las apartadas villas medievales que cuelgan de las colinas, revestidas de piedras y silencio. Para muchos visitantes son realidades opuestas que se complementan y permiten alternar días de sol y playa con jornadas de recorridos culturales.

Incluso puede ser esta singular combinación lo que más seduce de esta tierra, y lo que ha llevado a artistas y escritores a ejercer de embajadores  ampurdaneses : desde el autoproclamado sumo pontífice del Alt Empordà, Salvador Dalí, al cronista principal de estos paisajes, Josep Pla, la mayoría de artistas de estas tierras condimentan su genio creador con pizcas de cosmopolitismo ultramarino y pizcas de localismo ancestral.


Y es que es difícil permanecer indiferente ante el encanto surrealista de Cadaqués, las sugerentes calas de Begur, el rigor pétreo de Cap de Creus o las ruinas grecorromanas de Empúries, esparcidas entre la dorada arena mediterránea.

Fue justamente allí, en Empúries, la antigua Emporion, donde comenzó todo. Allí convivieron hace más de 2.500 años iberos, griegos y romanos, dando inicio al ancestral cosmopolitismo ampurdanés.

Al norte de Empúries, siguiendo la línea de la costa, estalla el caos geológico del Cap de Creus, parque marítimo terrestre, territorio de duras batallas entre el mar, la roca y la Tramontana, que han esculpido un paisaje lunar. Allí en medio, dominando desde las alturas la bahía de Port de la Selva, el monasterio de Sant Pere de Rodes es otro de los testigos supervivientes que han marcado la historia del Ampurdán. Esta antigua abadía benedictina es el máximo exponente de lo que se denomina el estilo románico catalán y está considerada una obra excepcional dentro de la arquitectura religiosa medieval. Pero además de su valor monumental, el monasterio de Sant Pere de Rodes está situado en un paraje privilegiado de la Costa Brava.

No es ésta la única sorpresa que depara el Cap de Creus: a resguardo de los vientos por una bahía natural, y de los turistas por una carretera tortuosa, surge Cadaqués. De entre sus callejones blancos, empinados y empedrados con guijarros, despunta la Iglesia de Santa María, que como un mascarón de proa dibuja el perfil de la villa desde todos los ángulos.  Rincón apartado del mundo o torre de Babel de las artes, lo cierto es que Cadaqués ha visto desfilar por sus calles artistas de lo más variado, que al igual que Dalí buscaban la inspiración entre sus calas pedregosas.

Los amantes de la vida y la obra de Dalí no pueden dejar de visitar Portlligat, muy cerca de Cadaqués , que alberga la casa-museo del artista, Púbol, donde se encuentra el castillo de Gala, ni el teatro-museo de Figueres, capital del Alt Empordà, uno de los más visitados de España. Estos tres puntos conforman el lamado Triángulo Dalí del Ampurdán, donde se concentra la mayor parte de actividades y homenajes al famoso pintor.

Existe un Ampurdán extrovertido y para el gran público, destino soñado de media Europa y en vías de convertirse en el asilo de ancianos del continente. Basta recorrer alguno de sus principales centros turísticos, desde Empuriabrava a S’Agaró, para comprobar que han dejado meros lugares de veraneo para cobrar vida buena parte del año gracias a los jubilados de la Europa rica. Pero también existe un Ampurdán más íntimo y repleto de pequeños rincones con encanto, con soberbios atardeceres reservados para viajeros dispuestos a hurgar más allás de la superficie.

A escasos minutos del mar, entre campos ondulados y modestas colinas, surgen pueblos como Peratallada, Ullastret, Foixà o Rupià. Villas de un refinamiento rústico que viven a medio camino entre la fama y el anonimato, sumidas en una siesta eterna.

Entre estos pueblos de ensueño brilla con luz propia Monells, pequeña joya medieval con un laberinto de calles y arcadas encajadas en la roca y una plaza porticada que es uno de los rincones urbanos más bellos del Ampurdán. Monells conserva del románico parte del castillo, las murallas y las torres de defensa; del gótico, la calle dels Arcs y algunas ventanas que asoman a la recoleta plaza Jaume I. En el siglo XVIII se levantaron casas sobre el muro de la fortificación que, restauradas con gusto exquisito, salpican hoy el entramado del casco antiguo.

Con una expresión que suena demasiado a promoción inmobiliaria, quienes conocen las interioridades ampurdanesas hablan del cuadrado de oro que forman las localidades de Torroella de Montgrí y Foixà, en el norte, y Cruïlles y Torrent, en el sur. Se trata de un paisaje sinuoso, carreteras angostas y pueblos que como racimos bajan por la ladera de una iglesia o una antigua fortaleza.

El eje de este cuadrado lo ocupa el conjunto medieval de Peratallada, presidido por uno de los castillos mejor conservados del Ampurdán, que fue erigido en el siglo X a base de talla la piedra viva, lo que parece haber dado nombre al recinto. Junto a otras poblaciones medievales como Ullastret, Vulpellac o Palau-sator, este territorio es el meollo de lo que se conoce como Empordanet, o pequeño Ampurdán, refugio de la burguesía y la cultura catalana, una especie de Soho rural.

Como en el Ampurdán no hay un palmo de tierra que no tenga el mar como referencia, a tiro de piedra de cualquiera de estas poblaciones se abren extensos arenales como la playa de Pals, una de las localidades medievales mejor conservadas del Ampurdán, y también pequeñas calas ocultas entre acantilados y carreteras infernales. Es el caso de Sa Riera, Aiguafreda, Sa Tuna (antiguo barrio de pescadores de Begur), Aiguablava y otras pequeñas playas reunidas alrededor de la turística Begur, en un tramo de litoral salvaje.
Al contrario de lo que ha sucedido en el interior del Ampurdán, donde el modo de vida tradicional basado en el trabajo del campo ha sabido convivir con la industria turística, el litoral marítimo se ha visto sometido a una intensa presión urbanística.

Sólo unos pocos rincones de la costa han permanecido intactos, y hoy forman auténticas islas de naturaleza confinadas entre hormigón y asfalto. Son los casos de Aiguamolls de l’Empordà y de las islas Medes, dos parques naturales convertidos en refugio de gran cantidad de especies animales.

EL CORAZÓN VERDE DE LA COSTA BRAVA

Las marismas del Ampurdán son los segundos humadales en importancia en Cataluña, después del Delta del Ebro. Antiguamente ocupaban casi toda la llanura de la bahía de Roses y la desembocadura del río Ter.

Para hacerse una idea de su amplitud basta pensar que el macizo de Montgrí se encontraba totalmente rodeado por las aguas, y que los griegos fundaron Empúries en una isla, entre los antiguos estuarios del Fluvià y el Ter. Aquella extensa área de marjales fue desapareciendo, primero por la expansión agrícola y luego por la construcción de equipamientos turísticos que convirtieron extensas zonas húmedas en urbanizaciones y puertos marítimos.

La degradación continuó hasta que una campaña muy popular en Cataluña, bajo el lema ‘Los últimos aiguamolls del Empordà, en peligro’, logró que en 1983 se creara el Parque Natural de los Aiguamolls de l’Empordà. Con esta protección legal, los humedales ampurdaneses se han convertido hoy en el corazón ecológico de la Costa Brava.

Por su parte, las islas Medes forman un archipiélago, con seis islotes y varios espolones, situado frente a la playa de L’Estartit. Nido de piratas durante la Edad Media y prisión militar más tarde, emerge junto a la costa como una prolongación natural del macizo de Montgrí. Desde 1990 este pequeño archipiélago está protegido como parque natural para preservar la riqueza de su vida acuática. Las cavidades que perforan la Meda Grande son tantas y tan profundas que según los submarinistas parece que la isla se sostenga sobre columnas de piedra, como si se tratara de una gran catedral sumergida.

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