Rías Baixas, diez visitas imprescindibles

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12/11/2013

Las Rías Baixas (Corcubión, Muros y Noia, Arousa, Aldán, Pontevedra y Vigo), en el suroeste gallego, discurren desde el cabo de Finisterre (en plena Costa da Morte) hasta la desembocadura del Miño, una zona pródiga en pueblecitos marineros donde se encuentra la mejor gastronomía de Galicia. La fama de su marisco es sólo comparable a la de sus vinos blancos.

Además de Vigo, capital oficiosa de las Rías Baixas y excelente centro de operaciones para movernos por ellas, cualquier escapada por las Rías Baixas debería incluir una visita a Cambados, capital del albariño, y a Ribadavia, la meca del ribeiro. Baiona es también parada obligatoria en nuestra ruta, así como la duna de Corrubedo o ese paraíso repleto de pájaros y playas salvajes que son las Islas Cíes. Así que si estás pensando en escaparte a Galicia, aquí tienes una lista con diez lugares que no puedes perderte en las Rías Baixas.

1. Combarro, hórreos marineros

La mitad de los 60 hórreos que hay en este curioso pueblo de la ría de Pontevedra se encuentran alineados junto al mar, como bueyes que estuvieran esperando a que bajase la marea para hincarle el diente al verde manto que cubre la isla de Tambo.

Otro elemento llamativo son las casitas marineras, con balcones apoyados sobre toscas columnas que hacen las veces de soportales. Las mejores pueden verse en A Rúa, que es la calle principal del este enclave donde todo es estrecho, laberíntico y de piedra, muy al estilo de los celtas. De esta vía principal salen callejuelas que van a morir al mar, entre dos hórreos, o a plazuelas donde asoman las rocas, y sobre ellas los siete cruceiros que hay en Combarro, con la Virgen mirando hacia la Ría y Cristo tierra adentro.

Combarro está en el concejo de Poio, a sólo seis kilómetros de la ciudad de Pontevedra yendo por la carretera PO-308 hacia O Grove.

2. Corrubedo, un desierto a la gallega

Al caer la tarde, con el último sol dorando la arena, las arrugas de la duna dibujan una estampa sahariana. Pero esto no es África, sino un lugar a caballo entre la ría de Arousa y la de Muros y Noia. Y la duna de Corrubedo, una de las mayores de la Península Ibérica con más de un kilómetro de longitud.

Esta escurridiza loma, que avanza tierra adentro a una velocidad de tres centímetros por año, es el principal atractivo del Parque Nacional Complejo Dunar de Corrubedo, pero no es el único. Hay una laguna salobre (Carregal) y otra dulce (Vixán), ambas de una gran riqueza ecológica; hay dos playas soberbias, la de O Vilar y la de A Ladeira; hay un observatorio ornitológico, un centro de interpretación y cinco senderos, con nombres tan sugerentes como Camino del Viento o Río do Mar, que se cruzan con las enormes y frágiles dunas móviles, que parecen discurrir sobre tablas.

Corrubedo se encuentra a unos 75 kilómetros de Pontevedra yendo por la AP-9 (salida 104) y conectando luego con la autovía del Barbanza.

3. Santa Tecla, vistas al pasado

Santa Tecla (Santa Trega en gallego), además de ser abogada para dolores de cabeza y corazón, cuenta con las mejores vistas de las Rías Baixas. Para disfrutar de ellas deberemos subir a su ermita, situada a 341 metros sobre la población de A Guarda. Allí se encuentra el castro o citania de Santa Tecla, que es el mejor y más impresionante testimonio que existe de la cultura galaico-romana.

Pero como hemos dicho, si por algo destaca Santa Tecla es por las imponentes vistas que obtenemos desde su cima: los montes de A Groba, el valle de O Rosal, la desembocadura del Miño, la vecina Portugal y la inmensidad del Atlántico. No hace falta decir que este panorama mejora, si cabe, cuando el sol empieza a hundirse en el horizonte.

Se puede ascender caminando desde A Guarda en media hora o se puede subir en coche pagando una tasa simbólica. Sea como sea, hay que ir, pues estamos hablando de un lugar declarado Conjunto Histórico-Artístico y Bien de Interés Cultural.

4. Baiona, puerto del Nuevo Mundo

El 1 de marzo de 1493 atracaba en el puerto de Baiona, el más meridional de la ría de Vigo, la carabela La Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, haciendo que esta localidad fuera el primer lugar de Europa en recibir noticias sobre el descubrimiento de América.

La réplica de La Pinta es sólo una de las más de veinte visitas que nos recomendarán en la Oficina de Turismo, un número asombroso para una localidad tan pequeña. Si andamos justos de tiempo, podemos dejar la lista en cinco: el cuidado casco antiguo, la Fortaleza de Monterreal (hoy Parador Conde de Gondomar), la Ex-Colegiata de Santa María, el Paseo de Mont Boi (que rodea la fortaleza asomándose durante dos kilómetros a los confines marítimos de Baiona) y la Virxe da Roca, una imagen hueca de 15 metros que sostiene en su mano derecha una barca-mirador al que se accede por una escalera interior de caracol realizada en piedra.

5. A Lanzada, surfistas y normandos

Poco a poco, durante miles de años, los sedimentos depositados por el río Unia en el mar formaron una barrera arenosa que en el siglo XVI, acabó convirtiendo la hasta entonces isla de O Grove en una península y dando origen, en la parte occidental del istmo, a una imponente playa de tres kilómetros y medio que es frecuentada todo el año por paseantes, corredores y surfistas. Algo que no extraña pues se trata de una de las mejores playas de Galicia.

En verano es colonizada por una marabunta que recuerda las invasiones de los normandos, pero con menos ropa. Para defenderse de estos últimos, precisamente, se levantó en el siglo X la torre cuyas ruinas pueden verse en el extremo sur de la playa, junto a la Ermita de Santa María de A Lanzada.

Otros invasores, pero estos pacíficos, son los amantes de la naturaleza que acuden a la zona atraídos por las dunas, las aves migratorias y los delfines que, de vez en cuando, se arriman a la orilla. Todo esto lo explican muy bien en el Centro de Interpretación del Complejo Intermareal Ons-O Grove, en lo alto del monte.

A Lanzada queda a sólo 27 kilómetros de Pontevedra, en la linde de Sansenxo y O Grove.

6. Islas Cíes, travesía al paraíso

La riqueza botánica y submarina de las tres Islas Cíes (Monteagudo, Faro y San Martiño) hace que exista un numerus clausus para impedir que los visitantes arrasen este archipiélago salvaje, situado a la entrada de la ría de Vigo, sobre todo en Semana Santa y verano, cuando funcionan los barcos de línea regular.

Sin embargo no hay límite para el resto de fauna. Una de las colonias de aves marinas más importante de Europa anida en las Cíes, y por eso entre otras cosas fueron declaradas Parque Nacional en 1992, junto con las islas de Ons y Onceta en la ría de Pontevedra, y las de Cortegada y Sálvora, en la de Arousa.

Cualquier escapada a las Cíes debe incluir la Ruta del Monte Faro, una sin duda la más popular, pues tras la caminata llegaremos al faro, el mirador más emblemático de las islas Cíes, desde donde obtendremos una inmejorable panorámica del archipiélago en su conjunto: las tres islas, los acantilados, las playas y toda la ría de Vigo.

Tras el paseo, podemos reponer fuerzas tomando el sol en la Playa de Rodas, que el diario británico The Guardian incluyó en su top 10 de las mejores playas del mundo. Ahí queda eso.

7. Cambados, palacios del albariño

En la margen oriental de la ría de Arousa, a media horita de Pontevedra, está la capital del príncipe de los vinos dorados, el albariño, una auténtica corte donde a cada paso se descubren pazos y ruas de una monumentalidad que quita el hipo.

Es impresionante el Pazo de Fefiñáns, que hoy aloja dos (Gil Armada y Palacio de Fefiñanes) de las más de veinte bodegas que pueden visitarse en la localidad. No debemos perdernos el Museo Etnográfrico e do Viño, que queda junto a las románticas ruinas de la Iglesia de Santa Martiña, hoy camposanto, ni el barrio marinero de Santo Tomé do Mar, cuyas casas han sido tradicionalmente coloreadas con pintura para barcos y decoradas con conchas de vieiras. Allí mismo se encuentran los restos de la Torre de San Sadorniño, faro y vigía medieval desde donde casi se puede tocar las islas de A Toxa (La Toja) y Arousa.

8. Vigo, la capital del mar

Hay gente que no sabe que, además de ser la capital oficiosa de las Rías Baixas, Vigo es la mayor ciudad de Galicia. Y es que eso de pasar desapercibido está tatuado en el ADN de esta localidad gallega, que en ocasiones queda en un segundo plano, a la sombra de ciudades con más tirón como Santiago de Compostela o A Coruña.

Cualquier ruta por Galicia estaría incompleta sin una parada en la capital viguesa, pues además de ser un perfecto centro de operaciones para movernos como pez en el agua (nunca mejor dicho) por las Rías Baixas, Vigo es una ciudad efervescente y epicentro de lo que se dio en llamar movida galega.

Un paseo por el casco vello de la ciudad, culminado en la famosa Rúa das Ostreiras con un homenaje a base de albariño y ostras recién traídas de la Ría de Vigo, puede ser una buena toma de contacto con esta localidad. Tampoco podemos perdernos las imponentes vistas que se obtienen desde O Castro, un monte ubicado en pleno corazón de la ciudad.

Además, Vigo es visita obligada para los amantes de la literatura de Julio Verne, pues el famoso escritor francés dedicó, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, todo un capítulo a la bahía de Vigo (el VIII de la segunda parte, concretamente). Frente al Puerto Deportivo se encuentra el Monumento a Julio Verne, una escultura de bronce donde el escritor francés aparece sentado sobre un pulpo. Y más impresionante aún es la escultura que podemos encontrar en la playa de de Cesantes (en la ría de Vigo) que representa al capitán Nemo sobre un pedestal y a dos buzos del Nautilus buscando tesoros. Una estatua que, cuando sube la marea cubre a los buzos, dejando sólo a Nemo sobre la superficie.

9. Isla de Arousa, aislamiento perfecto

Hasta 1985, cuando se inauguró el puente de casi dos kilómetros que la une con tierra firme, esta gran isla de la ría de Arousa (que cuenta con más de 5.00 habitantes) dependía de unos pocos barcos que comenzaban a transportar pasajeros y vehículos a las ocho de la mañana y echaban el ancla a las siete de la tarde. Horario de oficina. Esta pésima comunicación sin embargo les sirvió para librarse de las barbaridades urbanísticas que arrasaron gran parte de la zona. Por eso, en sus 36 kilómetros de costa hay unas 80 playas en estado casi salvaje: desde amplios arenales, como la playa de O Bao, hasta calas escondidas entre pinares y rocas, como la de Sualexe, junto al faro de Punta Cabalo.

Una zona especialmente encantadora es la sureña Punta de Carreirón, espacio natural que forma parte del Complejo Intermareal Ons-O Grove, cuyas marismas están colonizadas por aves como la garza real.

10. Ribadavia, la cuna del Ribeiro

El río Avia, a punto de desembocar en el Miño, baña esta población orensana, capital de la comarca de O Ribeiro, famosa por sus vinos y enamorada de su larga historia.

La vieja villa de Ribadavia es pequeña e inmutable, una docena de callejuelas forradas de granito, y está repleta de monumentos (un castillo, un trozo de muralla, tres puerta y ocho iglesias medievales) y de tabernas que recuerdan la opulenta Ribadavia de los siglos XVI y XVII, cuando Cervantes, Calderón o Quevedo se hacían eco de las bondades de sus caldos.

Es imprescindible recorrer su antigua judería, que fue una de las más importantes de la región (aquí está el Centro de Interpretación Judío de Galicia), y se pueden visitar las numerosas bodegas de la comarca que integran la Ruta del Vino, algunas con resturante y hotel (como Casal de Armán o Viña Mein) para ver amanecer desde los socalcos milenarios donde medra la uva treixadura.

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