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Bretaña es el lugar perfecto para desconectar, ya que es una de las regiones de Francia con mayor calidad de vida. Una de las imágenes que mejor podrían describir esta zona, sería la terraza de una taberna donde se desgusta la sidra de la región junto a un plato de ostras. Si estás pensando en escaparte a la Bretaña francesa, aquí te dejamos algunas sugerencias.
QUÉ VER Y HACER EN LA BRETAÑA. Nantes y Rennes, según las encuestas, son dos de las ciudades del país donde mejor se vive. La primera fue la capital histórica de Bretaña y la segunda es la actual capital administrativa de la región.
Por eso, Bretaña se ha convertido en uno de los destinos preferidos
de los franceses para sus vacaciones. La costa salvaje de Bretaña,
sus animadas ciudades y su gastronomía son argumentos más
que suficientes para dejarnos caer por aquí.
La primera parada en nuestra escapada a Bretaña debe ser Rennes.
Nuestra primera impresión es que nos encontramos en una de las zonas
más especiales del país.
En Rennes es visita obligada el Mercado des Lices, al aire libre, un auténtico despliegue de productos frescos que se monta todos los sábados por la mañana. Allí la ciudad se vuelca en aprovisionarse de alimentos de la más variada procedencia, destacando los productos de la región. Quizás allí mismo nos demos cuenta de que Bretaña no es una región vitivinícola, sino productora de deliciosas sidras y cervezas bretonas. Tampoco aquí hay quesos famosos, pero sí una deliciosa mantequilla salada que salpica todos los platos de los restaurantes locales.
En el mercado haremos un recorrido por la esencia de Bretaña, descubriendo parte del secreto de su calidad de vida: ostras, mejillones, bogavantes… un auténtico muestrario de olores y colores que harán nuestras delicias cuando llegue la hora de reponer fuerzas.
En la ciudad de Rennes deberemos visitar también su monumento más emblemático: el Parlamento de Bretaña, destruido en 1994 por un fuego, así como el complejo denominado Les Champs Libres, que aglutina bajo su techo el Museo de Bretaña, el Espacio de Ciencias y su Planetario, y la Biblioteca (obra de Christian de Portzamparque, Premio Pritzker 1994). Y sobre todo, hemos de callejear, perdiéndonos por las calles del medievo repletas de encantadoras terrazas y restaurantes. La ciudad fue devorada por el fuego en 1720. Mientras paseamos por sus Rennes veremos los límites del desastre, sobre todo en calles estrechas, donde todavía permanecen casas de madera de vigas entramadas que sorprenden tanto por su belleza como por su resistencia al fuego.
Durante muchos años la ciudad de Rennes fue una gran olvidada ya que los múltiples visitantes que recibía la ciudad se dirigían directamente al mar. Como haremos nosotros. Pero antes de alcanzar la costa nos detendremos en Dinam, una pequeña localidad amurallada en la que la protagonista es la Edad Media. La visita no nos llevará más de una mañana, pero merece la pena colarse en los portales de sus edificios históricos.
Tras la visita a Rennes, ponemos rumbo al mar, concretamente hacia la costa de la Alta Bretaña, donde hay dos paradas que ningún viajero debería perdersr: Dinard y Saint-Malo. En la primera hallaremos los elegantes balnearios de comienzos del siglo XX, donde se refugiaba el turismo de élite de la época. La oferta de centros de talasoterapia constituye una tentación para el viajero.
En Saint-Malo podremos disfrutar de un espectacular casco histórico: rodeada por una impresionante muralla, la ciudad fue un importante puerto del Canal de la Mancha y parada obligatoria de corsarios y piratas. Sus calles destilan vida y en sus restaurantes podremos degustar las famosas ostras de la región.
Nuestro hedonismo nos llevará hasta Cancale, un pequeño pueblo pesquero, donde huelga decir que los productos del mar son especialmente frescos y baratos. Una buena idea es acercarse al puerto, donde los mismos pescadores venden las ostras para que las degustemos en el momento, con una pizca de limón. Más fresco imposible. Si queremos mesa y mantel en Cancale, el restaurante Le Surcouf, en pleno puerto, ofrece unos generosos platos con sabor a mar.
Pero si queremos ponerle una auténtica guinda de lujo a nuestra escapada a Bretaña, debemos visitar el Monte Saint-Michel, tan famoso como espectacular. Imprescindible. Ubicado en la línea divisoria entre Bretaña y Normandía, este descomunal monumento ha sido destino de peregrinaje, abadía, cárcel y, ahora, el segundo lugar más visitado de Francia. Por eso, la primera recomendación para acercarse a esta abadía, levantada sobre una roca que se queda aislada con el vaivén de las aguas, es hacerlo al anochecer para evitar las masas de turistas.
La creación de un dique para facilitar el acceso al monumento ha provocado la acumulación de sedimentos alrededor, lo que hace peligrar el impresionante efecto de la subida de la marea. Hoy en día se puede acceder con el coche y aparcar frente a su impresionante silueta, siempre alerta a la subida de la marea porque podemos quedarnos sin vehículo.
En nuestra escapada a Bretaña debemos saber que en el mismo día podemos hacer uso tanto del bañador como del paraguas. En la costa, el aire es muy fresco, así que no olvidemos llevar en nuestra maleta ropa adecuada.
COMER EN BRETAÑA. En Bretaña
hay tres cosas que debemos probar obligatoriamente: las ostras, los crepes y
la sidra. En cualquier taberna bretona podremos degustar estos productos
locales.
Cuando llegue la hora de reponer fuerzas en Saint-Malo podemos acercarnos hasta P’tit Rôtisserie (Rue de la Corne de Cerf, 6), un local donde elaboran platos creativos con base tradicional.
Otra magnífica opción para tomar algo en esta localidad es el encantador La Java Café (Rue Sainte-Barbe, 3), bohemio a más no poder, y que sirve de perfecto ejemplo del tipo de locales que pueblan la región.
Si estamos en Rennes y nos apetece un buen crêpe, podemos dirigirnos a La Sarrasine (Rue St. Georges, 30), donde podremos disfrutar de sus galettes, crêpes elaborados a base de harina de trigo sarraceno. El más clásico de Bretaña es el de queso, huevo y jamón. Y por supuesto, tenemos que acompañarlo de una buena sidra de la región.
DORMIR EN BRETAÑA. Lo ideal es que tengamos un centro de operaciones para acceder al mayor número de lugares. Una opción muy interesante (y muy habitual) es alquilar una casa durante una semana para movernos por la zona.
Si preferimos disfrutar de la comodidad de un hotel, el Hotel de Nemours en Rennes es una magnífica opción: alojamiento con encanto en pleno centro.

