Escapada a Bretaña (Francia)

30 de agosto de 2010 Comentarios desactivados Posted in Europa

Bretaña

Bretaña es el lugar perfecto para desconectar, ya que es una de las regiones de Francia con mayor calidad de vida. Si tuviéramos que elegir una imagen para describir esta zona, sería la terraza de una taberna donde se desgusta la sidra de la región junto a un plato de ostras.

Nantes y Rennes, según las encuestas, son dos de las ciudades del país donde mejor se vive. La primera fue la capital histórica de Bretaña y la segunda es la actual capital administrativa de la región.

Por eso, Bretaña se ha convertido en uno de los destinos preferidos de los franceses para sus vacaciones. La costa salvaje de Bretaña, sus animadas ciudades y su gastronomía son argumentos más que suficientes para dejarnos caer por aquí.

La primera parada en nuestra escapada a Bretaña debe ser Rennes. Nuestra primera impresión es que nos encontramos en una de las zonas más especiales del país.

En Rennes es visita obligada el Mercado des Lices, al aire libre, un auténtico despliegue de productos frescos que se monta todos los sábados por la mañana. Allí la ciudad se vuelca en aprovisionarse de alimentos de la más variada procedencia, destacando los productos de la región. Quizás allí mismo nos demos cuenta de que Bretaña no es una región vitivinícola, sino productora de deliciosas sidras y cervezas bretonas. Tampoco aquí hay quesos famosos, pero sí una deliciosa mantequilla salada que salpica todos los platos de los restaurantes locales.

En el mercado haremos un recorrido por la esencia de Bretaña, descubriendo parte del secreto de su calidad de vida: ostras, mejillones, bogavantes… un auténtico muestrario de olores y colores que harán nuestras delicias cuando llegue la hora de reponer fuerzas.

En la ciudad de Rennes deberemos visitar también su monumento más emblemático: el Parlamento de Bretaña, destruido en 1994 por un fuego, así como el complejo denominado Les Champs Libres, que aglutina bajo su techo el Museo de Bretaña, el Espacio de Ciencias y su Planetario, y la Biblioteca (obra de Christian de Portzamparque, Premio Pritzker 1994). Y sobre todo, hemos de callejear, perdiéndonos por las calles del medievo repletas de encantadoras terrazas y restaurantes. La ciudad fue devorada por el fuego en 1720. Mientras paseamos por sus Rennes veremos los límites del desastre, sobre todo en calles estrechas, donde todavía permanecen casas de madera de vigas entramadas que sorprenden tanto por su belleza como por su resistencia al fuego.

Durante muchos años la ciudad de Rennes fue una gran olvidada ya que los múltiples visitantes que recibía la ciudad se dirigían directamente al mar. Como haremos nosotros. Pero antes de alcanzar la costa nos detendremos en Dinam, una pequeña localidad amurallada en la que la protagonista es la Edad Media. La visita no nos llevará más de una mañana, pero merece la pena colarse en los portales de sus edificios históricos.

Por fin llegamos al mar. Una vez en la costa de la Alta Bretaña donde hay dos paradas interesantes: Dinard y Saint-Malo. En la primera hallaremos los elegantes balnearios de comienzos del siglo XX, donde se refugiaba el turismo de élite de la época. La oferta de centros de talasoterapia constituye una tentación para el viajero. En Saint-Malo podremos disfrutar de un espectacular casco histórico: rodeada por una impresionante muralla, la ciudad fue un importante puerto del Canal de la Mancha y parada obligatoria de corsarios y piratas. Sus calles destilan vida y en sus restaurantes podremos degustar las famosas ostras de la región. Cuando llegue la hora de reponer fuerzas en Saint-Malo podemos acercarnos hasta P’tit Rôtisserie (Rue de la Corne de Cerf), donde elaboran platos creativos con base tradicional. Otra magnífica opción para tomar algo es La Java Cafe, el perfecto ejemplo del tipo de locales que pueblan la región.

Nuestro hedonismo nos llevará hasta Cancale, un pequeño pueblo pesquero, donde huelga decir que los productos del mar son especialmente frescos y baratos. Una buena idea es acercarse al puerto, donde los mismos pescadores venden las ostras para que las degustemos en el momento, con una pizca de limón. Más fresco imposible. Si queremos mesa y mantel en Cancale, el restaurante Le Surcouf, en pleno puerto, ofrece unos generosos platos con sabor a mar.

Pero si queremos ponerle una auténtica guinda de lujo a nuestra escapada a Bretaña, debemos visitar el Monte Saint-Michel, tan famoso como espectacular. Imprescindible. Ubicado en la línea divisoria entre Bretaña y Normandía, este descomunal monumento ha sido destino de peregrinaje, abadía, cárcel y, ahora, el segundo lugar más visitado de Francia. Por eso, la primera recomendación para acercarse a esta abadía, levantada sobre una roca que se queda aislada con el vaivén de las aguas, es hacerlo al anochecer para evitar las masas de turistas. La creación de un dique para facilitar el acceso al monumento ha provocado la acumulación de sedimentos alrededor, lo que hace peligrar el impresionante efecto de la subida de la marea. Hoy en día se puede acceder con el coche y aparcar frente a su impresionante silueta, siempre alerta a la subida de la marea porque podemos quedarnos sin vehículo.

En nuestra escapada a Bretaña debemos saber que en el mismo día podemos hacer uso tanto del bañador como del paraguas. En la costa, el aire es muy fresco, así que no olvidemos llevar en nuestra maleta ropa adecuada.

¿Dónde dormir en Bretaña? Lo ideal es que tengamos un centro de operaciones para acceder al mayor número de lugares. Una opción muy interesante (y muy habitual) es alquilar una casa durante una semana para movernos por la zona. Si queremos disfrutar de la comidad de un hotel, el Hotel de Nemours en Rennes es una magnífica opción: alojamiento con encanto en pleno centro. Además, aquí puedes reservar tus hoteles en Bretaña al mejor precio.

Escapada a Lyon

22 de marzo de 2010 Comentarios desactivados Posted in Gastronómicas

Lyon

Lyon es una de esas ciudades llenas de historia, con sus ruinas romanas, el suelo empedrado de sus callejuelas medievales, las fachadas de sus palacios renacentistas, los recovecos de sus traboules o pasadizos secretos…

El punto de partida para descubrir la Lyon gastronómica es el mercado de Les Halles. En sus puestos se exponen las materias primas más selectas, y desde aquí se sirve a los mejores restaurantes de la zona, por lo que no es raro encontrarse por allí con genios como Paul Bocuse.

Podríamos empezar con un almuerzo en el mercado (56 puestos donde se venden todo tipo de delicias nacionales y locales). Mère Richard es una casa especializada en quesos de gran renombre, cuya estrella es el Saint-Marcellin. En Sibilia, la charcutería más famosa, están a la venta las típicas andouilettes (longanizas) y saucissons (salchichones) lioneses, mientras que en Rolle encontraremos el mejor foie gras, así como deliciosos ahumados y caviar. No podían falta en Lyon las quenelles, una especie de croquetas alargadas que pueden ser de pescado, de carne o dulces. Son espectaculares las de Giraudet. En Maison Rousseau encontraremos el mejor pescado y a un montón de clientes tomando sus ostras. Los más golosos encontrarán su templo en Sève, con una impresionante colección de bombones, chocolates y macarons.

Uno de los grandes atractivos de este mercado es degustar los productos que a menudo son ofrecidos por los comerciantes para que los probemos.

Salieno del mercado en dirección al centro, basta echar un vistazo a las tiendas de delicatessen o las típicas boulangeries francesas en las que venden pan, pasteles y hasta comida preparada.

Seguiremos hasta el casco viejo, donde nos será difícil resistir la tentación de probar un crêpe en alguno de los múltiples negocios donde los elaboran. A diez minutos de allí está la Chocalaterie Bernachon, que elabora sus bombones de manera artesanal en la fábrica que hay en su trastienda. Los mejores de Lyon.

Pero si de algo puede presumir Lyon es de estrellas Michelín. En esta ciudad se concentra el mayor número de restaurantes destacados por la prestigiosa guía. Quizás el más famoso de todos sea el de Paul Bocuse (a unos diez kilómetros de la ciudad, en L’Auberge du Pont de Collonges), el más prestigioso cocinero francés. Eso sí, no es barato: su mítico menú degustación Grande Tradition Classique VGE cuesta más de 200 euros por cabeza. Para quienes no quieran dejarse el sueldo del mes en su restaurante, el maestro ha abierto cinco brasseries en Lyon (le Nord, le Sud, l’Est, l’Oest y Argenson).

Si hay un candidato para destronar a Bocuse, ése es Nicolas Le Bec, y para comprobarlo tenemos tres opciones: su restaurante de la Rue Grolée, donde de lunes a viernes hay un menú degustación por unos 50 euros, el nuevo Rue Le Bec, un enorme espacio que recuerda a un mercado cubierto, o el Espace Le Bec en el aeropuerto.

Otro de los pesos pesados es el también lionés Pierre Orsi, cuyo restaurante Orsi, en la Place Cléber, tiene un aire muy romántico. Aquí la experiencia va más allá de la pura gastronomía, puesto que el propio chef entra en acción y muestra a los clientes la cava y explica la historia del local, sede de una antigua logia masónica.

Y por supuesto, no podemos irnos de Lyon sin entrar en alguno de sus bouchons, las encantadoras tabernas centenarias a las que los lioneses acuden a degustar los platos típicos de la región. En ellos se sigue la tradición de les méres (las madres), las auténticas creadoras de las recetas más sabrosas y valoradas. A las mesas, con manteles de cuadros rojos y blancos, llegan platos muy contundentes, casi siempre con el cerdo como ingrediente protagonista. El Café des Fèdèrations, La Mère Jean o Chez Mournier son sólo algunos de los más recomendables, y donde la cuenta no suele dispararse, incluyendo el vino de la zona, o sea, el Beaujolais y el Côtes du Rhône.

Para ir quemando las calorías acumuladas, hay un sinfín de cosas que hacer en Lyon: subir a la colina de Fourvière y visitar su basílica gótica, por ejemplo. O visitar la catedral, también gótica, de Saint Jean. Por la calle del mismo nombre llegaremos al Gran Traboule, el pasadizo secreto renacentista más bello de los muchos que hay en la ciudad. Por ellos transitaban quienes no querían ser vistos por las calles principales y, por supuesto, por los masones, que los utilizaban como atajos. Muy cerca se halla el Museo Gadagne, un soberbio palacio que acoge el Museo de Historia. Que aproveche.

DORMIR EN LYON

Hotel College. Además de estar muy céntrico tiene habitaciones de diseño en las que todo el mobiliario y las paredes son blancas. El lobby y el comedor recrean una escuela de los años 50, y el desayuno se sirve sobre los antiguos pupitres de madera.

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Escapada a Marsella

7 de marzo de 2010 Comentarios desactivados Posted in Fin de semana

Marsella

Marsella tiene 111 barrios, 21 playas y 300 días de sol al año. Puro mediterráneo, cruce de caminos y mezcla de razas. Capital de la Provenza francesa, dicen de ella que es la segunda ciudad del país. Es el lugar perfecto para una escapada de fin de semana con sabor.

Para conocerla, haremos un recorrido por algunos lugares que no podemos perdernos en nuestro viaje a esta ciudad mediterránea.

1. El Viejo Puerto (Vieux Port). Si hay un lugar con encanto en esta ciudad es precisamente éste, el epicentro alrededor del que gira la vida de esta localidad. Los puestos en el mercado del pescado contrastan con los multimillonarios yates de recreo, mientras los turistas hacen cola para subir al ferry que les llevará al Castillo de If o a Les Calanques.

Los fines de semana el viejo puerto es tomado por los marselleses, que abarrotan sus bares. El más ilustre es Le Bar de la Marine, en el 15 de la Quai Rive Neuve.

La entrada al viejo puerto está custodiada por dos fortalezas, Fort Saint-Jean y Fort Saint-Nicolas, construídos por Luis XIV para vigilir tanto la ciudad como a los marselleses, insumisos al poder real por naturaleza.

2. Le Panier. Al norte del puerto viejo se encuentra el barrio más antiguo de la ciudad, donde ésta fue fundada. Corsos y napolitanos fueron sus primeros inmigrantes, pero hoy en día Le Panier es un crisol de razas y dista mucho de ser el barrio peligroso y de mala reputación que fue hace unos años. Los artesanos han vuelto a sus calles, de fachadas decrépitas y coloridas, y el barrio ha vuelto a cobrar vida gracias a las tiendas, comercios, bares, cafeterías y restaurantes que han abierto sus puertas en Le Panier.

3. Vallon des Auffes. Se trata de una preciosa ensenada escondida bajo el viaducto de la carretera que une Marsella con Les Calenques. En esta zona se han rodado películas míticas como The French Connection. Es uno de los lugares preferidos por los marselleses para relajarse y acudir con la familia para bañarse, tomar el sol y almorzar mientras contemplan el Castillo de If. En Vallon des Auffes hay varios restaurantes que deberemos descubrir entre las casas de pescadores.

4. El Castillo de If. En el Vieux Port podemos tomar un ferry que nos llevará al mítico castillo, una de las lugares más visitados de la ciudad, emplazado en un islote en mitad de la bahía de Marsella. Fue mandado construir por Francisco I para proteger el acceso al puerto. Su ubicación y su arquitectura hicieron de esta fortaleza la prisión perfecta. No obstante, la fama del Castillo de If se debe a que Alejandro Dumas encerró allí a Edmundo Dantés en su clásico ‘El Conde de Montecristo’.

5. Les Calanques. Es el lugar preferido por los marselleses para una escapada. Se trata de unos acantilados que a lo largo de 20 kilómetros (entre Callelongue y Port Pin) se suceden junto al mar, dando cobijo a encantadoras calas (de hecho calanque, significa cala en francés). También son conocidos como los fiordos mediterráneos. La calanque más famosa es En-Vau, a la que podemos llegar por mar tomando un ferry en Vieux Port. Les Calanques alberga poblaciones muy populares para el veraneo, como Cassis.

6. Nôtre-Dame de la Garde. Si Vieux-Port es el mar, esta basílica bizantina en el cielo. Desde sus 154 metros de altura se contempla una panorámica privilegiada de la bahía de Marsella. La iglesia conserva aún las heridas que dejaron las balas durante la liberación de la ciudad en la segunda guerra mundial. Así que la basílica se ha convertido en el símbolo de la ciudad. La aguja de su campanario es el punto más elevado de Marsella.

7. La Cité Radieuse. La Corbusier, el genio de la arquitectura, construyó en 1952 Le Corbusier’s Unité d’Habitation, un organismo vivo de hormigon con calles interiores, tiendas, restaurantes y escuelas. Su intención era unificar toda una ciudad en la que sus habitantes compartieran una única entrada. Se ha convertido en una meca de la arquitectura a la que peregrinan miles de arquitectos cada año.

Los amantes de la novela negra pueden descubrir todo el sabor de Marsella a través de las novelas de Jean-Claude Izzo. En la trilogía de Marsella (Thotal Kéops, Chourmo y Soleá ), acompañaremos a su protagonista, Fabio Montale, que nos guiará a través del puerto viejo y Le Panier, sentiremos el salitre en la piel y nos detendremos en viejas tabernas para tomar un trago de pastis, el clásico licor marsellés, o comer las clásicas cestas de mejillones con patatas fritas.

Un truco: el City Pass permite visitar la ciudad de Marsella, gracias a su fórmula todo incluido. Tendremos entrada gratuita en los museos, libre acceso a toda la red de transporte, incluyendo el tren que nos lleva a Nôtre-Dame de la Garde o el barco que nos acerca al Castillo de If, degustación gratuita de productos en algunos comercios, visita comentada de la ciudad… Vale la pena.

Comer en Marsella.

Si estamos en la ensenada de Vallon des Auffes, el restaurante L’Epuisette es un acierto seguro. No podemos marcharnos de allí sin pedir el tajine de langosta con salsa picante.

Otra sugerencia podría ser Le ventre de l’Arqhitecte (Boulevard Michelet, 280), cuyos platos están inspirados por el espíritu de Le Corbusier, ya que el local se halla en el corazón de La Cité Radieuse.

Más económico es Une Table au Sud (Quai du Port, 1), que elabora cocina provenzal creativa. Famoso por sus refinadas e innovadoras recetas que incluyen ingredientes locales donde el pescado fresco es la estrella.

Le Miramar es otro de los clásicos en Marsella, cuya terraza cubierta posee vistas al Puerto Viejo. El marisco ocupa un lugar privilegiado en el menú, especialmente la tradicional bullabesa de Marsella, un generoso caldo de pescado hecho con pescado fresco y marisco, azafrán y cáscara de naranja

Dormir en Marsella.

Para disfrutar de todo el ambiente y sabor de la ciudad, recomendamos dormir en el Puerto Viejo. Una magnífica opción es el Hotel Radisson, situado en el epicentro de la vida marsellesa, junto al mar. Es un clásico de la ciudad, con una atención al cliente excepcional

Y si de clásicos hablamos, debemos nombrar al Hotel Tonic, frente al Vieux Port. Se encuentra en el corazón de Marsella, en el barrio de Quai des Belges, y está ubicado en un edificio de 1903, pese a que la decoración del hotel es de estilo contemporaneo y está equipado a la última en nuevas tecnologías.

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