Comer chocolate en Bélgica

Lo primero que hay que hacer es aclarar los conceptos: los pralinés belgas son lo que en España conocemos como bombones, y encima son de origen francés (su inventor fue el cocinero personal del Duque de Plesslis-Pralin).
La combinación entre almendra, avellana y azucar quemada podría haberse quedado en el camino como otra golosina más, pero ahí es donde los belgas entran en acción: en Bélgica sabían mucho de chocolate (que llegaba de sus colonias africanas) y contaban con una técnica muy depurada para trabajarlo. Cambiaron la cobertura de azúcar francesa por la de chocolate y de ahí salió el concepto de praliné o bombón.
Este producto le debe mucho a la familia Neuhaus, que desde 1852 innovan tanto en la creación como en la conservación del chocolate. Por lo tanto uno de los lugares que debemos visitar en nuestra visita a Bélgica es el taller-laboratorio de Neuhaus en las Galerías Reales Saint-Hubert de Bruselas.
Los amantes del chocolate tienen en Bélgica uno de sus paraísos gastronómicos. En el país existe una generación de maestros clásicos chocolateros que han hecho de este producto casi una obra de arte, llevándolo hasta puntos insospechados, al nivel de la alta gastronomía. Además del maestro Neuhaus hay casas míticas como Godiva, Wittamer, Côte d’Or o Leonidas, muchas de las cuales tienen sus chocolaterías en la plaza de Sablon, en Bruselas. Podremos estar entrando y saliendo de estos establecimientos durante horas y al final no sabremos si hemos dejado atrás una joyería o una tienda de chocolates.
Si queremos alargar nuestra escapada podemos acercarnos hasta Brujas, una de las ciudades más bellas de Europa y templo del buen chocolate. Allí, además de encontrar tiendas como las de Pierre Marcolini (que pasa por elaborar el mejor chocolate del mundo) o la de Dominique Persoone (uno de los rebeldes del sector), y podremos visitar fábricas y hasta un museo del chocolate: Choco-Story.
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