Archive for agosto, 2010:
Escapada a Bretaña (Francia)

Bretaña es el lugar perfecto para desconectar, ya que es una de las regiones de Francia con mayor calidad de vida. Si tuviéramos que elegir una imagen para describir esta zona, sería la terraza de una taberna donde se desgusta la sidra de la región junto a un plato de ostras.
Nantes y Rennes, según las encuestas, son dos de las ciudades del país donde mejor se vive. La primera fue la capital histórica de Bretaña y la segunda es la actual capital administrativa de la región.
Por eso, Bretaña se ha convertido en uno de los destinos preferidos de los franceses para sus vacaciones. La costa salvaje de Bretaña, sus animadas ciudades y su gastronomía son argumentos más que suficientes para dejarnos caer por aquí.
La primera parada en nuestra escapada a Bretaña debe ser Rennes. Nuestra primera impresión es que nos encontramos en una de las zonas más especiales del país.
En Rennes es visita obligada el Mercado des Lices, al aire libre, un auténtico despliegue de productos frescos que se monta todos los sábados por la mañana. Allí la ciudad se vuelca en aprovisionarse de alimentos de la más variada procedencia, destacando los productos de la región. Quizás allí mismo nos demos cuenta de que Bretaña no es una región vitivinícola, sino productora de deliciosas sidras y cervezas bretonas. Tampoco aquí hay quesos famosos, pero sí una deliciosa mantequilla salada que salpica todos los platos de los restaurantes locales.
En el mercado haremos un recorrido por la esencia de Bretaña, descubriendo parte del secreto de su calidad de vida: ostras, mejillones, bogavantes… un auténtico muestrario de olores y colores que harán nuestras delicias cuando llegue la hora de reponer fuerzas.
En la ciudad de Rennes deberemos visitar también su monumento más emblemático: el Parlamento de Bretaña, destruido en 1994 por un fuego, así como el complejo denominado Les Champs Libres, que aglutina bajo su techo el Museo de Bretaña, el Espacio de Ciencias y su Planetario, y la Biblioteca (obra de Christian de Portzamparque, Premio Pritzker 1994). Y sobre todo, hemos de callejear, perdiéndonos por las calles del medievo repletas de encantadoras terrazas y restaurantes. La ciudad fue devorada por el fuego en 1720. Mientras paseamos por sus Rennes veremos los límites del desastre, sobre todo en calles estrechas, donde todavía permanecen casas de madera de vigas entramadas que sorprenden tanto por su belleza como por su resistencia al fuego.
Durante muchos años la ciudad de Rennes fue una gran olvidada ya que los múltiples visitantes que recibía la ciudad se dirigían directamente al mar. Como haremos nosotros. Pero antes de alcanzar la costa nos detendremos en Dinam, una pequeña localidad amurallada en la que la protagonista es la Edad Media. La visita no nos llevará más de una mañana, pero merece la pena colarse en los portales de sus edificios históricos.
Por fin llegamos al mar. Una vez en la costa de la Alta Bretaña donde hay dos paradas interesantes: Dinard y Saint-Malo. En la primera hallaremos los elegantes balnearios de comienzos del siglo XX, donde se refugiaba el turismo de élite de la época. La oferta de centros de talasoterapia constituye una tentación para el viajero. En Saint-Malo podremos disfrutar de un espectacular casco histórico: rodeada por una impresionante muralla, la ciudad fue un importante puerto del Canal de la Mancha y parada obligatoria de corsarios y piratas. Sus calles destilan vida y en sus restaurantes podremos degustar las famosas ostras de la región. Cuando llegue la hora de reponer fuerzas en Saint-Malo podemos acercarnos hasta P’tit Rôtisserie (Rue de la Corne de Cerf), donde elaboran platos creativos con base tradicional. Otra magnífica opción para tomar algo es La Java Cafe, el perfecto ejemplo del tipo de locales que pueblan la región.
Nuestro hedonismo nos llevará hasta Cancale, un pequeño pueblo pesquero, donde huelga decir que los productos del mar son especialmente frescos y baratos. Una buena idea es acercarse al puerto, donde los mismos pescadores venden las ostras para que las degustemos en el momento, con una pizca de limón. Más fresco imposible. Si queremos mesa y mantel en Cancale, el restaurante Le Surcouf, en pleno puerto, ofrece unos generosos platos con sabor a mar.
Pero si queremos ponerle una auténtica guinda de lujo a nuestra escapada a Bretaña, debemos visitar el Monte Saint-Michel, tan famoso como espectacular. Imprescindible. Ubicado en la línea divisoria entre Bretaña y Normandía, este descomunal monumento ha sido destino de peregrinaje, abadía, cárcel y, ahora, el segundo lugar más visitado de Francia. Por eso, la primera recomendación para acercarse a esta abadía, levantada sobre una roca que se queda aislada con el vaivén de las aguas, es hacerlo al anochecer para evitar las masas de turistas. La creación de un dique para facilitar el acceso al monumento ha provocado la acumulación de sedimentos alrededor, lo que hace peligrar el impresionante efecto de la subida de la marea. Hoy en día se puede acceder con el coche y aparcar frente a su impresionante silueta, siempre alerta a la subida de la marea porque podemos quedarnos sin vehículo.
En nuestra escapada a Bretaña debemos saber que en el mismo día podemos hacer uso tanto del bañador como del paraguas. En la costa, el aire es muy fresco, así que no olvidemos llevar en nuestra maleta ropa adecuada.
¿Dónde dormir en Bretaña? Lo ideal es que tengamos un centro de operaciones para acceder al mayor número de lugares. Una opción muy interesante (y muy habitual) es alquilar una casa durante una semana para movernos por la zona. Si queremos disfrutar de la comidad de un hotel, el Hotel de Nemours en Rennes es una magnífica opción: alojamiento con encanto en pleno centro. Además, aquí puedes reservar tus hoteles en Bretaña al mejor precio.
Escapada a la Costa de Istria (Croacia)

Istria, la península más grande del Adriático, pertenece políticamente a Croacia pero conserva la esencia y el sabor de los años de dominio italiano. La prueba es que gran parte de la población se expresa en este idioma y la bandera italiana ondea junto a la croata en multitud de pueblos. De ahí que esta zona sea conocida como la Toscana croata.
Istria es la escapa perfecta para el viajero tranquilo, que guste de perderse por carreteras solitarias descubriendo pueblos de adoquines y piedra, tiendas artesanas, resaurantes con encanto, playas solitarias… no es de extrañar, por tanto, que personajes de la talla de James Joyce o Julio Verne sucumbieran al encanto de esta península.
El plan perfecto en Istria es alquilar un coche y tirar millas a lo largo de la costa, disfrutando de las vistas y descubriendo pueblos encantadores. Pero si queremos ir a tiro fijo hay una visita obligada: Rovinj, uno de los pueblos más hermosos de la zona. Se trata de una pequeña localidad que presume de ser uno de los últimos puertos pesqueros del Mediterráneo. En Rovinj (Rovigno en italiano) la vida gira en torno al mar y a la catedral de Santa Eufemia, que domina en lo alto. Desde su altísimo campanario (inspirado en el de San Marcos de Venecia) se ve siempre el impecable Mediterráneo. A sus pies serpentean callejuelas empinadas donde el intenso olor a salitre convive con preciosas tiendas, restaurantes de una sencillez encantadora, hoteles con terrazas asomadas al Adriático y que no tienen nada que envidiar a la cercana Venecia.
Si queremos relajarnos y disfrutar de unas vistas preciosas, podemos acudir a Punta Corrente, una cala situada dentro de un parque forestal, con unas aguas tranquilas ideales para refrescarnos,
Para disfrutar de las mejores vistas de Rovinj debemos acercarnos hasta el Blu, un maravilloso restaurante situado justo a la orilla del mar. Allí disfrutaremos del mar azul zafiro. Y lo mejor de todo es que el Blu no es un establecimiento carísimo y exclusivo, sino un lugar coqueto y sencillo, con una gama de blancos que combinan perfectamente con el azul del mar. Y su cocina es excelente. No podemos dejar de probar las ostras templadas y la pasta con espárragos de Istria.
Escapada a El Hierro (Islas Canarias)

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De todas las islas del archipiélago canario, El Hierro es la más misteriosa y la que más leyendas esconde. Es la más joven de las Islas Canarias, por lo que sus costas son rocosas y abruptas, con unos paisajes violentos e impresionantes. La isla esconde entre sus paisajes volcánicos el punto más septentrional de Europa y ha sido declarada Reserva de la Biosfera. Ahí es nada.
Alejada de los circuitos turísticos y rodeada de piscinas naturales, en la isla se disfruta de una paz difícilmente igualable en otro lugar del planeta. En apenas hora y media de recorrido, de Valverde al Mirador de la Peña pasando por el Faro de Orchilla y La Restinga, podrás disfrutar de áridos espacios volcánicos, de fértiles tierras de viñedos, de pinares donde esconderse y de una vegetación tropical. Estas características convierten la visita a la isla en una escapada perfecta para quienes busquen un turismo rural, tranquilo o salpicado de deportes de aventura, pero siempre alejado de tópicos.
Es impresionante el Valle del Golfo, un anfiteatro natural que ocupa todo el norte de la isla. En este valle exuberante crecen piñas, aguacates, papayas y mangos, y reposa el pueblo de Mocanal, una curiosidad arquitectónica, con sus casas de muros de piedra seca y tejados de colmo (paja de trigo y centeno) frente a la piscina natural del Pozo de las Calcosas. Tampoco tienen desperdicio las piscins de Charco Manso, donde podremos nadar tranquilamene mientras a unos metros ruge el mar abierto. Todo el anfiteatro del Valle del Golfo puede contemplarse desde dos miradores privilegiados: al oeste, el de Bastos; y al este, el anteriormente mencionado Mirador de la Peña, diseñado por artista de Lanzarote César Manrique. Desde allí podemos divisar también los solitarios Roques de Salmor.
Mención aparte merece el submarinismo en la isla, un auténtico paraíso para los amantes de esta actividad. El Hierro está bañada por aguas cristalinas donde los aficionados al submarinismo peregrinan desde distintos lugares del planeta con el objetivo de fotografiar uno de los mejores fondos marinos del mundo.
En el oeste, la Playa del Verodal, resulta un rincón fantástico. Pese a que es peligrosa para el baño por la fuerza del mar, allí podemos disfrutar de un atardecer inolvidable, con los colores de la isla desplegados ante nuestros ojos: lava negra, arena blanca, vegetación esmeralda, y rocas amarillas, rojas, naranjas, rosas… Si viajamos hacia el suroeste llegaremos al famoso Faro de Orchilla, considerado el fin del mundo antiguo hasta el descubrimiento de América.
En El Hierro las distancias no son largas, pero su complicada orografía exige varios días para disfrutar la isla. Excursiones y planes hay de sobra. ¿Visitas obligadas en nuestra escapada a El Hierro? Pues el centro de recuperación de saurios de Canarias, por ejemplo. O el campanario de La Frontera, desde donde descubriremos su espectacular golfo.
Si tenemos ocasión de conversar con algún lugareño, podemos pedirle que nos explique las historias sobre la procesión que recorre la isla en honor a la virgen de Los Reyes. También podemos pedirle que nos cuente las leyendas relativas al Garoé (árbol sagrado de los Bimbaches, antiguos habitantes de El Hierro) y cómo en él se forma la famosa lluvia horizontal.
Para alojarnos en El Hierro disponemos de una opción única: el hotel más pequeño del mundo. El Hotel Punta Grande, según el libro Guinness, es el más reducido del planeta, sólo 600 metros cuadrados de superficie edificada y nueve metros de altura con cuatro habitaciones dobles, sencillas e íntimas para disfrutar de una isla tan peculiar. Se encuentra pegado al mar y rodeado de un paisaje volcánico impactante, frente a los Roques de Salmor, lugar donde moraban lagartos prehistóricos. Lo malo de querer dormir en el hotel más pequeño del mundo es que quizás esté todo reservado en las fechas de nuestra escapada.
La mejor opción para movernos por El Hierro es alquilar un coche en el aeropuerto. Con un buen mapa es imposible perderse. Eso sí, hay curvas y cuestas por doquier. Aquí puedes reservar tu coche con Auto Europe al mejor precio.
¿Dónde comer bien en El Hierro? Es indispensable visitar el pueblo de La Restinga y darse un homenaje a base del espectacular pescado fresco de la isla en uno de sus muchos y apetecibles restaurantes. Uno de ellos es La Vieja Pandorga, sin duda uno de los mejores restaurantes marineros de la isla. Al estar en un pueblo de pescadores, la calidad de la materia prima está fuerda de toda duda. Allí podremos probar gran variedad de pescados, mariscos y arroces. La lapa es su tapa estrella.
Otro lugar donde reponer fuerza puede ser el Restaurante Mirador de la Peña (Guarazcoa-Valverde), y así matamos dos pájaros de un tiro, pues este lugar es de visita obligada aunque no comamos en él. Con unas vistas alucinantes del Valle del Golfo, éste local integrado en el paisaje nos ofrece especialidades herreñas como el gofio dulce con queso y sus mojos, el solomillo de peto albardado con salmón ahumado o diversas carnes, como la de cabrito a conejo.
Por último, un consejo: de noche hay que mirar al cielo. Las noches en esta isla suelen ser claras y despejadas, a salvo de contaminación lumínica, por lo que es posible disfrutar de uno de los cielos más limpios del mundo. Sólo esto debería ser atractivo suficiente para una escapada romántica a El Hierro.