Grazalema, el blanco perfecto

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Grazalema

En pocos sitios se desconecta tanto como en Grazalema. Situada en el corazón del Parque Natural del mismo nombre en la Sierra de Cádiz (declarado Reserva de la Biosfera en 1997), es uno de los pueblos más pintorescos de la llamada Ruta de los Pueblos Blancos de Andalucía (junto a Arcos de la Frontera o Vejer de la Frontera). La escapada perfecta para decir adiós a la rutina (al menos por unos días). 

Tiene el típico trazado árabe: un rosario de casitas encaladas y callejas estrechas empedradas entre las que aparecen plazoletas soleadas donde pasar el tiempo sin hacer nada. Y nada es si se compara con el entorno que la rodea: altas montañas que alternan con ondulantes valles verdes. Como dice el tópico: lejos del mundanal ruido. 

Primavera es el mejor momento para visitarla, sobre todo por su rica flora que cubre el paisaje de una alfombra de florecillas. Pero cualquier época del año tiene su encanto y será ideal para respirar la impactante tranquilidad del lugar: invierno al calor de la chimenea y verano a la sombra de sus bosques. 

Sumémosle también una gastronomía local campera basada en los guisos de caza, los quesos artesanales, la miel y las chacinas serranas de primera. Platillos que nos harán la boca agua como la sopa de Grazalema (elaborada a partir del caldo del puchero con pan, huevo, chorizo y hojas de hierbabuena), o la sopa de espárragos trigueros, el cordero al horno o el venado en salsa.

Como es propio de este tipo de pueblos, no faltan entre sus pecados culinarios los postres caseros de elaboración artesanal con los productos que da la tierra, como la tarta de bellota (con zumo de naranja) o los boniatos (batatas al horno) con miel. La repostería (casi conventual, con todo lo que esto implica) tiene dos protagonistas absolutos: los amarguillos, que son dulces de almendra picada, azúcar, huevo y limón rayado; y los cubiletes, una especie de mantecados hechos de manteca de cerdo, harina, canela, azúcar con relleno de cabello de ángel. 

Si apetece, es muy recomendable hacer una ruta por los pueblos cercanos. Hay dónde elegir: a un cuarto de hora en coche está Benamahoma. Al norte, otras dos curiosas poblaciones de la serranía gaditana: El Gastor y Zahara de la Sierra. Al oeste, El Bosque, y al sur las villas de Villaluenga, Benaocaz y Ubrique. Sin pasar por alto que la bella Ronda queda también a media hora, y que de sólo poder elegir una excursión sin duda sería un paseo por la ciudad del Tajo (perdón). Eso sí: las carreteritas son de montaña (apenas cabe un coche y se pierde la cuenta de las curvas) pero siempre es un gusto transitar por ellas por la gran belleza paisajística que ofrecen en sus 360 grados.

El plan para empezar el día es: tomar un café y un zumo de naranja natural con molletes tostados con manteca de cerdo, o jamón serrano con aceite de oliva virgen y tomate natural restregado en cualquiera de las cafeterías de la Plaza de España y alrededores (sirva de ejemplo la Cafetería Rumores ). Después, cumpliremos con los monumentos emblemáticos que se concentran en esta céntrica plaza, al abrigo de la escarpada montaña conocida como el Peñón Grande. Que son: la Iglesia de la Encarnación y la de la Aurora , además de la Casa Consistorial.

Luego, nos asomaremos al balcón mirador del Tajo con vistas al Valle del Guadalete donde no pasaremos por alto la calzada medieval que discurre debajo. Y sorpresa: porque es posible caminar sobre ella, recuperada recientemente para el tránsito a pie. Punto de partida: la calle Ronda. 

La conocida como Ruta del Calvario es otro punto obligado para disfrutar de unas bonitas vistas panorámicas de la villa y de las serranías de alrededor. El sendero nos descubrirá una ermita medio en ruinas por la Guerra Civil en tan sólo media hora (carretera A- 372, km . 48). 

Otro acertado plan es hacer el sendero que va al Puerto del Boyar (a pie o en bici), bordeando el río Guadalete. Las vistas, impresionantes: el Endrinal, con la vegetación típica mediterránea, y también el popular Pinsapar, que es el bosque de los extintos pinsapos, una especie de pinos enanos (tarjeta de visita del lugar) que aún sobreviven en este parque gracias a las generosas lluvias registradas. Porque resulta que según las estadísticas, Grazalema es el punto que más llueve de España. 

Una visita obligada: la Tetería Azul (Corrales Tercero, 21), lugar con encanto haya donde los haya perfecto para tomar el aperitivo con la cervecita al mediodía, o saborear un té moruno o un pakistaní (té negro con leche, canela en rama y cardamomo) mientras nos entretenemos con los libros y los juegos de mesa que hay en el local. Batidos, zumos naturales, repostería artesanal y crepes y paz. Mucha paz.

COMER EN GRAZALEMA. En Grazalema hay un generoso abanico dónde elegir: con vistas, el restaurante Mirador de Grazalema (Avenida Juan de la Rosa ), donde probar el cordero, conejo o perdiz. En la misma Plaza de España, el Grazalema Plaza para tapas y comidas caseras, acompañadas de los vinos de la tierra. También en la plaza, Cádiz el Chico es una excelente opción para degustar el rabo de toro o las tartas artesanales de bellota o queso de la tierra, o el revuelto de espárragos y tagarninas. O el Simancón , en la Plaza Asomadero , y la Casa de las Piedras (Las Piedras, 32), el lugar ideal para comer venado o trucha, que es además una recomendable hospedería donde alojarse.

DORMIR EN GRAZALEMA. Una buena opción para el alojamiento puede ser el Hotel Fuerte Grazalema (cuatro estrellas), un auténtico oasis de lujo que se mimetiza con el entorno a la perfección. Fue en su día el capricho personal del dueño del prestigioso grupo hotelero El Fuerte, que tiene sus dos grandes estandartes en Marbella, además de otros en el Rompido (Huelva), Conil (Cádiz), Torrox-Costa y Estepona (Málaga).

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