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CÁDIZ EN UN DÍA | COMER EN CÁDIZ | CÁDIZ EXPRESS
El segundo día de la escapada está consagrado a la provincia. Si bien nos será difícil decantarnos, porque el abanico de posibilidades que se nos abre no puede ser más grande. Para apasionados de la montaña, es ideal la ruta de los pueblos blancos del interior que pasa por Zahara de la Sierra, Medina Sidonia, Grazalema o Jimena de la Frontera. Fanáticos de los vinos y la buena mesa (aunque se puede disfrutar por igual en toda la provincia) deberán presentarse en cualquiera de las afamadas bodegas de Jerez de la Frontera o el Puerto de Santa María.
Los que prefieran ir a un ritmo más chill out, les va más a medida recorrer la Bahía de Cádiz, pasando por Puerto Sherry, Rota y Chipiona hasta llegar a la desembocadura del río Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda, frente al parque natural de Doñana. Y finalmente, nuestra apuesta más firme: la Costa de la Luz desde la Tacita de Plata hasta Tarifa, la mismísima punta de Europa.
Por la mañana...
Temprano ponemos rumbo al vecino San Fernando. Primera parada: la playa de Cortadura, para tomar un par de fotos en sus dunas, cortadas con las típicas vallas de madera que tratan de parar su avance provocado por el viento de Levante.
Seguiremos por la N-340 hacia Conil de la Frontera (a unos 40 kilómetros de Cádiz capital), nuestra segunda parada obligada. Conil es un pueblo blanco en el mar, con más de 12 kilómetros de playas de aguas cristalinas y arena que parece pan rallado, donde el tópico de la playa paradisíaca se hace realidad. Si bien en verano está masificado, se trata de un turismo agradable que no molesta. Al contrario: aquí hay sitio para todos.
Famosas son sus playas de cabo Roche con preciosas calas como la del Aceite. También las de la Fuente del Gallo o la de los Bateles. Y qué decir de las playas de El Palmar (pasado el pueblo), que bailan hoy a ritmo de chill out en sus alternativos chiringuitos perdidos entre naturaleza virgen. Conil es ducho también en artesanía, en la mimbre, la caña o la alfarería.
Y entre sus monumentos no podemos ignorar la Puerta de la Villa, que es uno de los accesos antiguos al pueblo, o la Torre de Guzmán. Atractivo ambiente de calle, que se une a su deliciosa oferta gastronómica, basada en los tesoros del mar. A los que aquí hay que sumar las hortalizas de las huertas locales que permiten hacer el que posiblemente sea el mejor gazpacho de Andalucía y una riquísima sopa de tomate.
Un poco más adelante, por la carretera de la costa alcanzamos otro de nuestros destinos favoritos: Caños de Meca. De nuevo las playas sorprenden por su belleza que ralla la ofensa, en las que pueden contemplarse uno de los mejores atardeceres del mundo sobre el mar. Aquí nos espera una excursión muy especial: la subida al faro de Trafalgar. El mismo que fue testigo el 21 de octubre de 1805 de una de las batallas navales más feroces de la Historia, en la que la Armada franco-española se enfrentó con la inglesa capitaneada por el almirante Nelson. Las cifras ponen el vello de punta: 18 navíos franceses, 15 españoles y 27 británicos que terminaron con más de 5.000 muertos y casi los mismos heridos. No en vano está dedicada a esta batalla la plaza más importante de Londres.
Es un paseo agradable a pie, primero por una carreterita cubierta a ratos por grandes dunas, y luego, una vez en el faro, por una escalinata de madera que lo rodea con una impresionante panorámica.
Seguimos en dirección a la capital del atún, Zahara de los Atunes, vía Barbate (unos 20 kilómetros ). Zahara es pequeño, y avisamos que nada tiene de especial en cuanto al diseño de sus casas, pero sí en su conjunto si sumamos sus espectaculares playas, y una vez más, la gastronomía local que aquí tiene como protagonista absoluto el atún en todas sus versiones: morrillos o barriga de atún a la sal, carpaccio de atún, tartar de atún rojo, mojama de atún seca, ventresca de atún, huevas, o el clásico atún encebollado o a la plancha. Ni que decir tiene que hacer coincidir la hora de la comida con la visita a este pueblo será un gran acierto por nuestra parte.
Por la tarde...
Una vez saciado el apetito, hay dos alternativas: dirigirnos al faro Camarinal, pasando por la urbanización de Atlanterra hasta llegar a la vecina playa de Los Alemanes (a unos 7 kilómetros ). O coger dirección Tarifa y terminar la escapada en la punta de Europa (capital del viento), frente a las costas africanas (a unos 40 kilómetros desde Zahara).
La Playa de Los Alemanes es una ensenada estratégica donde se refugiaron numerosos nazis al término de la Segunda Guerra Mundial (de ahí el nombre). La playa está protegida por una colina cubierta de vegetación entre la que se medio esconden casas de diseño con cristaleras de infarto y muros de piedra que poco dejan ver del interior. Una especie de búnkers donde desconecta la plana mayor del cine español, con asiduos como Imanol Arias, Esther Arroyo, María Barranco, Pablo Carbonell o José Miguel Juárez. No es de extrañar que entre bastidores la conozcan como la Marbella roja, un oasis de paz que ni de refilón aparece en las guías.
La excursión al faro puede llevarnos una media hora andando entre ida y vuelta. Pero bien habrá merecido la pena si la hacemos coincidir con el atardecer, que aquí es otro de los de inmensidad sobrecogedora. Para la cena sin duda volveremos a Zahara para rendir homenaje de nuevo al atún.
Si optamos por la segunda opción planteada, la pequeña Tarifa nos encantará por sus vistas al Estrecho y a África desde su cala Chica, que tiene un paseo que se mete en el mar hasta la Isla de Punta Paloma (de uso militar) en el que tenemos el Mediterráneo a la izquierda y el Atlántico a la derecha indicado con carteles. Foto pintoresca allá donde las haya.
Visitas obligadas: el castillo de Guzmán el Bueno, la Puerta de Jerez que da paso al casco antiguo de trazado árabe y la calle Batalla del Salado, la de las famosas tiendas surferas como el Niño de Tarifa, Mala Mujer o Tarifa Piratas. Y para terminar, tomaremos algo en el Misiana (en Sancho IV el Bravo), el local lounge de la cantante Ana Torroja en la calle principal, o comeremos una baguette de la baguetería de enfrente donde cada uno crea su bocadillo a medida con la mezcla de tres ingredientes entre una lista de veinte. Entre murallas y miradores que se asoman al Estrecho pondremos un más que digno punto final a nuestra escapada.




