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Bilbao es una ciudad muy especial. Sus habitantes conocen a Bilbao cariñosamente como el botxo, nombre con el que designan a su "rinconcito" escondido entre verdes colinas. El latido industrial que vibra en esta ciudad cantábrica está protegido desde hace siglos por pequeños montes que han impedido su crecimiento desaforado.
Esto convierte a Bilbao (o Bilbo en euskera) en una ciudad cuyo corazón puede recorrerse cómodamente a pie, o como mucho, en el magnífico y espectacular metro que Norman Foster diseñó tan acertadamente para la urbe. Si hace unas décadas Bilbao era una ciudad poco atractiva, inmersa entre los humos de los altos hornos y el desarrollo de una industria naviera y metalúrgica que coloreaba los cielos nocturnos de rojo, la urbe ha experimentado desde el año 2000 un prodigioso renacer de sus cenizas que la ha convertido en uno de los destinos turísticos preferentes de nuestro país, y en una auténtica ciudad del siglo XXI.
Cualquiera que haya conocido Bilbao hace años se ve sorprendido (y encantado) por la labor de renovación que ha vivido esta ciudad. El Plan Ría 2000 ha sido el artífice de este cambio, y actualmente muchas ciudades españolas y europeas lo han tomado como modelo para su propia recuperación.
Sin duda, uno de los detonantes del nacimiento de esta "nueva ciudad" fue el llamado efecto Guggenheim: el espectacular edificio de Frank Gehry fue la primera piedra del deslumbrante renacer de Bilbao. Pero la ciudad guardaba dentro de sí grandes atractivos que la cortina de humo (y nunca mejor dicho) sólo permitía vislumbrar a sus habitantes y enamorados: un Casco Viejo medieval lleno de encanto y de bares típicos, donde la tradición del poteo es indispensable; la zona del Arriaga, los puentes y el Arenal, con sus maravillosos cafés de principios de siglo; la Gran Vía y sus elegantes edificios antiguos.
Zonas llenas de encanto a las que, en muchos casos, la peatonalización ha revalorizado. Nuevas infraestructuras como el Palacio de Euskalduna, la Pasarela de Calatrava o la renovación de la Alhóndiga por parte del prestigioso diseñador Philippe Starck, sólo contribuyen a embellecer más si cabe a una ciudad que ya era bella de por sí. Pero hacía falta redescubrirla. A través de una arteria con solera como es la Ría del Nervión, desde el Puente de San Antón hasta el Abra, Bilbao y sus alrededores resplandecen resurgiendo entre las cenizas de su pasado industrial.




